Washington estudia redirigir activos iraníes congelados para reparar daños en el Golfo

El Tesoro de EE.UU., con Scott Bessent al frente, ordena una evaluación de daños en Arabia Saudí, Emiratos e Kuwait. Irán reclama 24.000 millones de dólares para desbloquear las negociaciones indirectas.

El Departamento del Tesoro de Estados Unidos estudia redirigir activos iraníes congelados por sanciones para la reconstrucción de infraestructuras energéticas dañadas en países del Golfo, según fuentes citadas por Bloomberg y CBS News. La medida, impulsada por el secretario Scott Bessent, busca reparar las represalias de Teherán contra Estados que albergan bases militares estadounidenses.

Las condiciones de Irán para una salida negociada

Las conversaciones indirectas entre Washington y Teherán se han estancado precisamente por el acceso a estos fondos. El consejero militar del líder supremo, Mohsen Rezaei, declaró a la CNN que cualquier pacto pasa por la liberación de 24.000 millones de dólares en activos iraníes. “Es nuestro propio dinero, no el de Estados Unidos”, afirmó, presentando la exigencia como una prueba de confianza para Donald Trump.

El viceministro de Exteriores iraní, Kazem Gharibabadi, fue más concreto: Irán reclama 12.000 millones de dólares de manera inmediata al firmar un memorando de entendimiento mientras el resto debería liberarse “en no más de uno o dos meses”. Hasta ahora, la Casa Blanca ha calificado públicamente esta demanda de inaceptable.

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Un historial de daños y la promesa rota de Trump

Desde el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán el 28 de febrero de 2026, ambas partes evitaron en un primer momento golpear infraestructuras de petróleo y gas. Esa línea roja se desvaneció a mediados de marzo cuando Israel alcanzó el yacimiento de South Pars, el mayor de gas natural del mundo, eliminando de golpe el 12 % de la producción iraní.

La respuesta de Teherán fue fulminante: declaró “objetivos directos y legítimos” las instalaciones energéticas de los Estados árabes del Golfo que acogen tropas de Estados Unidos. Rápidamente se registraron daños en refinerías y oleoductos de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Baréin, en una escalada de represalias cruzadas que solo se detuvo en abril gracias a una tregua mediada por Pakistán.

Irán no pide una limosna: exige que se liberen fondos propios como prueba de confianza hacia Trump.

Durante ese alto el fuego, Washington insinuó que podría desbloquear parte de los activos para atraer a Irán a la mesa de negociaciones de Islamabad, pero nunca concretó la oferta. Ahora, la iniciativa del Tesoro vuelve a poner los fondos sobre la mesa, pero con un destino distinto: las arcas de los aliados del Golfo.

Equilibrio de Poder

El movimiento encaja en la visión transaccional del segundo mandato de Trump: los recursos de un adversario se destinan a reparar el daño que ese mismo adversario ha causado a los socios regionales, sin asumir el coste fiscal. Sin embargo, la propuesta puede desatar un efecto dominó sobre la arquitectura de sanciones internacionales. La Unión Europea, que mantiene sus propios esquemas de congelación de activos, observa con cautela una medida que sentaría un precedente tan contundente como el debate aún abierto sobre los fondos rusos para Ucrania.

Para España, la conexión es doble. Por un lado, la estabilidad del Golfo determina el precio del crudo y del gas natural licuado que llegan a las refinerías de Repsol y Cepsa. Una nueva espiral de violencia sobre las instalaciones podría disparar la factura energética nacional y retorcer las primas de riesgo en pleno proceso de renegociación de contratos con las monarquías del Golfo. Por otro, la fragilidad del alto el fuego pone a prueba la capacidad de mediación ibérica: España mantiene vínculos históricos con el mundo árabe y forma parte del núcleo de la UE que defiende una solución diplomática con Irán, lo que la convierte en un actor secundario pero relevante en cualquier canal de diálogo.

Precedentes como la utilización de activos soberanos congelados —desde los fondos libios bajo Gadaf hasta el actual pulso con Rusia— demuestran que la tentación de emplear el dinero del adversario para la reconstrucción es tan antigua como la guerra económica moderna. La diferencia ahora es la velocidad con la que la administración estadounidense pretende ejecutarla, sin esperar a un acuerdo global ni a una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU.

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La próxima ventana diplomática se abre con la posible reanudación de las conversaciones indirectas en Omán, prevista para finales de junio. Si para entonces el Tesoro ya ha publicado su evaluación de daños, Irán interpretará la maniobra como un desafío directo a su exigencia de liberación incondicional. Las próximas semanas serán, por tanto, un termómetro no solo de la voluntad de negociar, sino de la cohesión del flanco sur de la OTAN.