Casi 40 eurodiputados exigen retirar a Zelenski la Orden del Mérito Europeo por glorificar a colaboracionistas nazis

El giro polaco, con Donald Tusk advirtiendo de un cambio hacia el 'hard business', eleva la presión sobre Kiev en plena ofensiva diplomática de Moscú para fracturar la unidad europea. Bruselas deberá decidir si hace un gesto retirando el galardón o entierra el debate.

Apenas tres semanas después de recibir de manos del Parlamento Europeo la Orden del Mérito Europeo, la máxima condecoración que puede otorgar la UE, el presidente ucraniano Volodimir Zelenski ha puesto a Bruselas en una situación incómoda: un grupo de casi 40 eurodiputados, encabezados por la polaca Anna Brylka, exige que se le retire el galardón. El motivo es la firma de un decreto presidencial que concede el título honorífico ‘Héroes de la UPA’ a una de las unidades de élite del ejército ucraniano, una denominación que remite directamente al Ejército Insurgente Ucraniano (UPA), el brazo armado de la Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN) durante la Segunda Guerra Mundial.

La polémica arranca de una decisión que ha reabierto en canal las heridas de la matanza de Volinia, una campaña de limpieza étnica ejecutada por la UPA entre 1943 y 1944 en la que murieron al menos 100.000 civiles polacos. En la memoria colectiva de Polonia, esas cifras son tan innegociables como el Holocausto, y cualquier gesto que pueda interpretarse como glorificación de aquellos colaboracionistas nazis desencadena una reacción inmediata en Varsovia.

Por qué la UPA sigue siendo una herida abierta en Europa del Este

La UPA, liderada en parte por Stepan Bandera, nunca dejó de ser un fantasma en las relaciones entre Ucrania y Polonia. Aunque en Kiev muchos sectores reivindican a Bandera como un nacionalista anticomunista que luchó contra los soviéticos, la historiografía polaca no olvida que las milicias de la OUN y la UPA colaboraron con la Alemania nazi al inicio de la guerra y perpetraron una campaña de exterminio contra la población polaca en los territorios de la actual Ucrania occidental. Las matanzas de Volinia, que incluyeron el asalto a aldeas enteras y la quema de iglesias con civiles dentro, siguen siendo un tabú diplomático.

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El decreto de Zelenski, firmado tras una ceremonia militar de alto perfil, ha servido de catalizador. Para la eurodiputada Brylka, “los valores europeos no pueden conciliarse con la glorificación del genocidio y la limpieza étnica”. La carta firmada por 39 eurodiputados de distintos grupos políticos (conservadores, liberales y socialistas, con un peso importante de la delegación polaca) advierte de que “el culto a los líderes de la OUN y la UPA tendrá consecuencias desastrosas para construir relaciones de buena vecindad en Europa”.

100.000 es una cifra que, aún ochenta años después, quema en los despachos de Varsovia. El presidente polaco, Karol Nawrocki, ha pedido además que se despoje a Zelenski de la máxima condecoración nacional de su país, la Orden del Águila Blanca. Y el primer ministro Donald Tusk, histórico valedor de Kiev en su conflicto con Rusia, ha fijado un nuevo tono: “Nuestras relaciones con Ucrania se construirán sobre el hard business interest y no sobre la empatía si Kiev no cambia de rumbo”.

La disputa sobre el pasado está moviendo los engranajes de la realpolitik europea mucho más rápido de lo que Bruselas esperaba.

De la empatía al ‘hard business’: qué supone el giro polaco para la OTAN

El caso no es aislado. La decisión de Zelenski incluye honores de Estado a Andrey Melnik, líder de la OUN entre 1938 y 1944 y colaborador de los servicios de inteligencia de la Gestapo, cuyos restos fueron exhumados en Luxemburgo y enterrados de nuevo en el principal cementerio militar de Kiev en una ceremonia a la que asistió el propio presidente ucraniano. La sintonía entre el discurso nacionalista ucraniano y la rehabilitación de figuras colaboracionistas enquista una crisis de confianza en el flanco oriental de la UE.

Este movimiento coincide con un momento en que la administración Trump presiona a los aliados europeos para que incrementen su gasto en defensa hasta el 5% del PIB, una cifra que obligaría a muchos gobiernos a elegir entre partidas sociales y compromisos militares. Una Europa fracturada por agravios históricos tiene menos capacidad de negociación colectiva en Washington y menos cohesión para gestionar la respuesta al Kremlin. De hecho, Moscú ya ha instrumentalizado este debate: Putin declaró que “el propio abuelo de Zelenski, que combatió a los nazis, probablemente se revuelva en su tumba”.

UPA

Equilibrio de Poder

En el tablero triangular Washington‑Moscú‑Bruselas, la disputa ucraniano‑polaca tiene lecturas de primer nivel. Estados Unidos observa con interés cómo su principal aliado en el flanco este, Polonia, se distancia parcialmente de Kiev; una fisura que los estrategas del Pentágono temen porque debilita el frente unido contra Moscú, pero que también ofrece a Trump argumentos para seguir condicionando la ayuda a Ucrania a contrapartidas económicas. El Kremlin, por su parte, rentabiliza la retórica sobre el “régimen neonazi” de Kiev y amplifica cualquier gesto que le dé verosimilitud, mientras se acerca a China y mantiene abierta la guerra de desgaste en el Donbás.

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Para España, la crisis tiene un impacto indirecto pero estratégico. Moncloa ha respaldado sin fisuras a Ucrania desde 2022 y ha vinculado su política exterior al eje Bruselas‑Varsovia‑Washington. Si la relación polaco‑ucraniana se enfría y la UE entra en un debate público sobre hasta qué punto el régimen de Zelenski respeta realmente los valores europeos, la posición española —ya de por sí delicada por la gestión migratoria en el Magreb— corre el riesgo de verse arrastrada a una fractura que debilite el paraguas político de la OTAN en el sur. Los contratos de defensa que Navantia e Indra aspiran a cerrar en Europa del Este también podrían resentirse si el socio polaco redirige sus prioridades hacia el Báltico y se enfría el vínculo con Kiev.

La comparación histórica no es forzada. En la década de 1990, Alemania y Francia tuvieron que gestionar con enorme delicadeza la reconciliación con Polonia tras los crímenes de la ocupación. Ahora es Ucrania quien debe demostrar que su construcción nacional no pasa por blanquear crímenes contra vecinos europeos. El coste de ignorar esta exigencia puede ser la pérdida de un aliado insustituible y un nuevo argumento para quienes en Washington y Moscú prefieren desactivar el frente europeo.

Lo que observamos es una tensión que va más allá de un galardón simbólico: el marco de valores sobre el que la UE ha sustentado su política de ampliación y su apuesta por Ucrania requiere ser defendido con coherencia. Las próximas semanas, con el Consejo Europeo en el horizonte, serán decisivas para calibrar si Bruselas hace un gesto siquiera retórico retirando la condecoración o si prefiere enterrar el asunto en los pasillos diplomáticos. Cualquiera de las dos opciones tendrá consecuencias.