Garcilaso de la Vega: el poeta que murió en combate y vive en sus versos

El asalto de una fortaleza en la Provenza segó la vida del poeta-soldado más emblemático del Renacimiento español en 1536. Sus versos, recogidos tras su muerte, transformaron la poesía castellana para siempre.

La almena de la fortaleza de Le Muy se recortaba contra el cielo gris cuando la escalera de cuerda, mal sujeta, se partió. El hombre que caía al foso era un capitán de treinta y cinco años, el pecho cubierto por la cota de malla y un cuaderno de versos en el zurrón. Cuentan que aún tuvo fuerzas para musitar algo antes de perder el sentido: quizá el nombre de una dama portuguesa que dormía bajo tierra años antes, quizá un verso inconcluso.

Capítulo I: La última escalada

Corría septiembre de 1536 y las tropas imperiales de Carlos V avanzaban sobre la Provenza con la determinación de quien busca vengar la ofensa de la alianza francesa con el turco. La fortaleza de Le Muy, un nido de piedra encaramado en una loma, bloqueaba el paso hacia la costa. El capitán Garcilaso de la Vega, toledano y poeta, mandaba una compañía. Subió el primero, espada en mano. Cuando la piedra rodó desde lo alto —quizá desprendida por el impacto de un arcabuz o por la furia de un defensor—, no hubo tiempo de esquivarla. Recibió el golpe en la cabeza, y cayó al foso exterior. Sus hombres lo rescataron de entre los cascotes y, malherido, lo llevaron a un carro camino de Niza. Diez días después, el 14 de octubre, expiró sin haber recuperado plenamente la conciencia.

Capítulo II: Toledo, entre la espada y la pluma

Había nacido en Toledo en 1501, en el seno de una familia de la más alta nobleza castellana. Su padre, homónimo, era comendador mayor de León en la Orden de Santiago; su madre, Sancha de Guzmán, pertenecía a los Guzmán de la casa de Medina Sidonia. Pero tal vez lo más determinante fuera la herencia de su bisabuelo, Íñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana y poeta de lengua afilada. La poesía no era, en aquella casa, un adorno: era tradición.

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La infancia transcurrió entre la corte de los Reyes Católicos y la casa solariega toledana. Allí aprendió latín, música y esgrima, la triple formación del cortesano renacentista que Baltasar de Castiglione codificaría años después en El cortesano, libro que Boscán traduciría al castellano. Muy pronto, con apenas veinte años, ya formaba parte del séquito del joven rey Carlos I. El ideal de las armas y las letras, que luego sería tópico del Siglo de Oro, en Garcilaso fue experiencia vivida. No era un poeta que escribiera de oídas sobre la guerra: sabía lo que pesaba una coraza y lo que costaba sojuzgar una muralla.

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Capítulo III: La corte, el destierro y Boscán

En la corte conoció a Juan Boscán, su gran amigo y compañero en la empresa de italianizar la métrica castellana. Hasta entonces, la poesía española se había nutrido del octosílabo de resonancias medievales, los cancioneros cortesanos y el largo verso de arte mayor. Boscán, animado por el embajador veneciano Andrea Navagero, empezó a ensayar el endecasílabo, y Garcilaso lo siguió con una destreza que lo convirtió en el maestro del nuevo estilo. Juntos partieron la historia de la lírica hispánica en dos: el mundo de antes y el de después del endecasílabo.

En 1525 Garcilaso contrajo matrimonio con Elena de Zúñiga, dama de la emperatriz Isabel, pero su verdadera musa —eso asegura la tradición— fue Isabel Freire, una dama portuguesa del séquito de la misma reina. De ella apenas sabemos que casó con otro y murió en 1533, dejando una estela de melancolía en los versos del poeta. La corte no era un lugar tranquilo: en 1532, por asistir a la boda de su sobrino sin permiso real, Garcilaso sufrió un destierro a una isla del Danubio. La soledad del confinamiento forzoso agudizó su mirada lírica.

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Capítulo IV: La dama de los sonetos

En aquel rincón del Danubio, o quizá en el viaje de vuelta por Italia, fraguó sus obras más personales. Los sonetos, que Petrarca había elevado a la cumbre, adquirieron en sus manos un temblor nuevo. «Escrito está en mi alma vuestro gesto», arranca el soneto V, y el verso condensa la esencia de una poesía que ya no se contenta con la idealización cortés, sino que roza la confesión íntima. El soneto XI, «Hermosas ninfas, que en el río metidas», convierte el Tajo toledano en una escenografía renacentista, poblada de mitología y nostalgia. El XIII, «En tanto que de rosa y azucena», lleva al castellano el tópico del carpe diem con una música desconocida hasta entonces.

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En ese mismo periodo esbozó la Égloga primera, donde los pastores Salicio y Nemoroso encarnan el lamento amoroso del propio poeta: Salicio la queja del desdeñado, Nemoroso el canto fúnebre por la amada muerta. «Salid sin duelo, lágrimas, corriendo», irrumpe una y otra vez en los labios de Nemoroso, un verso que condensa toda la retórica del duelo y se convierte, a un tiempo, en emblema de la nueva sensibilidad renacentista. La égloga no es sólo un hito formal por la asimilación perfecta del endecasílabo italiano; es, sobre todo, la primera gran elegía en lengua castellana.

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Capítulo V: Túnez y la sombra de la guerra

En la primavera de 1535, Garcilaso se embarcó rumbo a la Jornada de Túnez. Carlos V había decidido frenar el avance de Barbarroja y el poeta-capitan no faltó a la cita. Desembarcó en las playas del norte de África y participó en el asedio de la fortaleza de La Goleta, el primer gran triunfo de la expedición. Bajo el sol norteafricano, entre tiendas de campaña que olían a cuero y pólvora, compuso coplas y esbozó fragmentos de sus églogas. Dicen que en las noches, junto al fuego, leía a sus camaradas versos de Petrarca y de Ariosto. Era, ante todo, un militar que no renunciaba a la poesía.

La expedición fue un éxito y el emperador recompensó a sus servidores con mercedes. Sin embargo, el año siguiente la fortuna le volvió la espalda. La campaña de Provenza del verano de 1536 no fue afortunada. Las tropas imperiales avanzaban con dificultad por un terreno hostil, acosadas por partidas francesas. A mediados de septiembre llegaron a Le Muy. La fortaleza, mal defendida pero estratégica, era un estorbo que había que eliminar. Garcilaso, al mando de su compañía, recibió la orden de tomarla al asalto. Como en La Goleta, se puso al frente de sus hombres. Aquella mañana, subió el primero. Y la piedra que rodó desde la almena lo hirió de gravedad.

Capítulo VI: El último verso, la última muralla

Lo que siguió fue una agonía de casi tres semanas. Trasladado a Niza, Garcilaso de la Vega apenas balbuceaba algunos nombres, tal vez los versos que ya no podría escribir. Los cirujanos de la tropa nada pudieron hacer. Murió en la ciudad ligur el 14 de octubre de 1536. Tenía treinta y cinco años. La noticia corrió por los campamentos y las cortes; Boscán, su amigo del alma, quedó desolado. En una carta que se ha perdido, dicen que el emperador lamentó haber perdido «al mejor de sus soldados y al más fino de sus poetas». Verdadera o no, la anécdota traduce el sentimiento de una época que vio truncada una voz irrepetible.

Apenas siete años después de aquella jornada, la viuda de Boscán reunió los papeles de ambos y los llevó a la imprenta de Carles Amorós, en Barcelona. En 1543 vio la luz Las obras de Boscán y algunas de Garcilaso de la Vega. Aquel volumen, de aspecto modesto, contenía apenas tres églogas, una veintena de sonetos, dos elegías y algunas canciones. Pero bastó. La poesía española dejaba atrás los cancioneros medievales y entraba en la modernidad.

Capítulo VII: Epílogo en Niza

La sepultura original de Garcilaso, en la iglesia de Santo Domingo de Niza, se perdió con las remodelaciones posteriores. Las losas de su tumba desaparecieron; sólo quedaron los versos. Los que garabateó a la luz de un candil en una tienda de campaña o en el silencio de una celda danubiana se copiaron, se leyeron y se imitaron durante siglos. Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Góngora y hasta los poetas del siglo XX reconocieron su magisterio. Lo mismo que el curtido soldado, el Garcilaso que conquistó La Goleta, es recordado hoy por la belleza de sus endecasílabos.

«En tanto que de rosa y azucena / se muestra la color en vuestro gesto», había escrito en el soneto XIII. La flor cortada de su vida no marchitó los versos: casi cinco siglos después, en cualquier biblioteca del mundo, sus palabras permanecen frescas, como recién escritas por un poeta que supo unir, acaso como nadie, el filo de la espada y la tinta.