Mariana de Austria: la regente que gobernó en la crisis del Imperio

Cuando Felipe IV murió, la reina viuda se encontró sola frente a un niño enfermizo, un imperio arruinado y una jauría de cortesanos. Las intrigas del padre Nithard y el bastardo Juan José de Austria marcaron la minoría de Carlos II.

En la cámara real del Alcázar, el aire denso de la agonía se mezclaba con el olor a cera de los cirios y el leve crujir de los papeles del testamento sobre la mesa de nogal. Mariana de Austria, con tan solo treinta años, apretaba los dientes bajo el velo de su toca de viuda mientras el escribano leía en voz alta la última voluntad de Felipe IV. El rey apenas respiraba, y la reina, velándolo, habia firmado ya las cartas de la sucesión. Aquella madrugada del 17 de septiembre de 1665, el Imperio español se quedaba sin su monarca y la joven sobrina-esposa, casi una desconocedora de los entresijos del poder, se convertía en la regente del mayor conglomerado territorial de Europa.

El hijo que heredaba el trono, Carlos, no había cumplido los cuatro años. Llamado «el Hechizado» por los males congénitos que arrastraba, era la encarnación del agotamiento genético de los Austrias. En los pasillos del palacio, los cortesanos ya ajustaban sus lealtades. Comenzaba una partida en la que el tablero era un imperio arruinado por las guerras, y las piezas, una reina sin experiencia, un niño enfermizo y una jauría de validos dispuestos a todo.

Capítulo I: La herencia envenenada

El fallecido Felipe IV había dejado instrucciones precisas. Pero ningún testamento podía conjurar las tormentas que se avecinaban. Las arcas de la Monarquía Hispánica estaban vacías tras décadas de conflicto en Flandes y Portugal; la armada, en descomposición; y el prestigio internacional de Madrid, bajo mínimos. En el interior, la nobleza se resistía a cualquier reforma fiscal que rozase sus privilegios. La Inquisición y el Consejo de Castilla vigilaban los movimientos de la regente con la misma suspicacia con la que examinaban los libros prohibidos.

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Mariana había nacido en 1634 como archiduquesa de Austria, hija del emperador Fernando III y de María Ana de España. Su matrimonio con su tío Felipe IV, once años mayor, fue un enlace dinástico apurado para asegurar la línea masculina de los Habsburgo españoles. Tras varios abortos y la muerte de su primer hijo varón, Felipe Próspero, en 1661, el nacimiento del endeble Carlos pareció un milagro. La reina, devota hasta la médula, volcó en la religión la angustia de una madre que veía a su único heredero crecer entre fiebres y convulsiones. Ese fervor le llevó a buscar consejo en quien se convertiría en su sombra: el padre Juan Everardo Nithard, su confesor.

Según el historiador Henry Kamen en La España de Carlos II (1981), aquella minoría de edad fue «una lucha descarnada por el control del joven rey entre facciones irreconciliables». Nithard, jesuita austriaco, resultaba impopular por su origen extranjero y su cercanía con la reina. Las puertas del Alcázar olían a tinta y a intriga.

Capítulo II: El confesor de la reina

La regente no tardó en nombrar a Nithard inquisidor general, cargo que le convertía en el hombre más poderoso de la monarquía tras ella. Las facciones cortesanas rugieron. La vieja aristocracia castellana veía al confesor como un advenedizo que manejaba el cetro desde el confesionario. Para colmo, la reina, insegura y extranjera, se apoyaba en él sin matices. Las cartas lacradas que cruzaban los despachos del Alcázar tejían una red de rumores: Nithard conspiraba para entregar el reino a Viena, decían unos; la reina estaba hechizada por el jesuita, susurraban otros.

En este clima envenenado surgió una figura que pondría en jaque todo el equilibrio. Juan José de Austria, medio hermano bastardo de Carlos II, hijo de Felipe IV y de la actriz María Calderón —«la Calderona»—, se había labrado fama militar en las campañas de Flandes y en la reconquista de Barcelona. Era el hombre fuerte que muchos ansiaban, y al mismo tiempo, el fantasma que Mariana temía. El bastardo real, reconocido por su padre y con ambiciones de estadista, empezó a escribir memoriales al Consejo de Estado pidiendo la destitución del inquisidor. La guerra de papeles estaba servida.

Mariana de Austria regente

Capítulo III: El bastardo regresa

Las tensiones escalaron cuando, en 1669, Juan José de Austria abandonó la corte rumbo a Aragón, desterrado por la regente, que veía en él un peligro para la estabilidad de su hijo. Pero en el exilio se convirtió en mito. Desde Zaragoza y Barcelona alimentó una corriente de oposición que movilizó a nobles descontentos, mercaderes y hasta el pueblo llano. En Madrid, los murmullos contra el gobierno de la reina y su confesor arreciaban cada semana.

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El punto de inflexión llegó con una insurrección popular que ha pasado a la historia con el nombre de «motín de los gatos». Hacia 1672, la capital se vio sacudida por disturbios cuyo detonante fue un rumor tan absurdo como peligroso: se decía que los gatos callejeros hablaban en latín y maldecían la administración de Nithard. El miedo y la miseria dieron forma a una revuelta callejera que pedía la cabeza del confesor. Aunque los mecanismos exactos de aquel motín siguen siendo esquivos en los archivos, su eco bastó para mostrar la fragilidad del poder de Mariana.

En 1677, Juan José de Austria dio el golpe definitivo. Al frente de un pequeño ejército reunido en la Corona de Aragón, marchó hacia Madrid y forzó el exilio de Nithard. La regente, acorralada, no tuvo más opción que ceder. El bastardo entraba en la corte como salvador, y el confesor partía hacia Roma con una escolta más propia de un preso que de un emisario.

Capítulo IV: El duende en la sombra

Pero la reina no se rindió. Apenas desaparecido Nithard, otra figura ascendió con pasos de terciopelo. Fernando de Valenzuela, hidalgo granadino, había entrado al servicio de la reina tiempo atrás y supo ganarse su confianza hasta convertirse en su nuevo escudo. De apodo «el Duende», Valenzuela acumuló cargos con una velocidad que asustó a la nobleza: marqués de San Bartolomé, primer ministro de facto, aposentador de la reina. Era, para sus enemigos, un arribista sin más mérito que agradar a la viuda del rey.

Los pasillos del Alcázar hervían con las conjuras de los partidarios de Juan José. Valenzuela, consciente del peligro, trató de comprar apoyos mediante mercedes y prebendas. Pero el bastardo, ya instalado en la corte junto al joven Carlos, maniobró con la frialdad de un general experimentado. El 23 de noviembre de 1677, un decreto real —en realidad dictado por Juan José— ordenaba el destierro de Valenzuela. Primero fue confinado a un castillo y luego embarcado en la nao San Telmo con destino a Filipinas. Mariana veía partir a su último aliado y, con él, se desvanecía cualquier ilusión de control político.

Mariana de Austria regente

Capítulo V: La reina desterrada

El desenlace fue amargo para la regente. Juan José de Austria, convertido en primer ministro, apartó a Mariana de la vida pública. La confinó en el Alcázar de Segovia, lejos del bullicio de Madrid, vigilada y humillada en su propio reino. Durante aquellos meses, la que había sido reina de las Españas apenas recibía más visitas que las de sus damas y los capellanes. La correspondencia que lograba enviar a palacio era interceptada una y otra vez.

Pero la rueda de la fortuna dio una vuelta más. Juan José de Austria murió repentinamente en 1679, sin lograr consolidar su proyecto reformista. Cuando su féretro salió del Alcázar, la puerta de Segovia volvió a abrirse para Mariana. Aunque ya no ostentaba la regencia formal —Carlos II había alcanzado la mayoría de edad en 1675—, la reina madre regresó a la corte y retomó una influencia discreta, aunque ya sin la fuerza de antaño. Los últimos años los dedicó a cuidar de su hijo, siempre enfermo, y a medidas pías.

Capítulo VI: El ocaso de la regente

La reina viuda falleció en el propio Alcázar de Madrid en 1696, sobreviviendo incluso a su hijo —que moriría en 1700— por unos pocos años. Su cadáver fue depositado en el panteón del monasterio de El Escorial, pero su memoria quedó atrapada entre los pliegues de dos facciones: la de sus aduladores, que la presentaron como una mujer piadosa y víctima de las circunstancias, y la de sus detractores, que la dibujaron como una extranjera débil y manipulable.

Los legajos que se conservan en diversos archivos, como el de la Corona de Aragón o la Real Chancillería de Valladolid, apenas recogen la voz directa de Mariana. Son, en su mayoría, cartas administrativas y cédulas firmadas con el sello de la regencia, pero nunca la confidencia íntima de una soberana que, noche tras noche, debió de pasear sus tocas de luto por los corredores helados del palacio mientras fuera, en las calles de Madrid, se decidía el destino del Imperio. Las crónicas hablan de una reina que, encerrada en sus habitaciones, rezaba por la salud de su hijo y por la salvación de un Estado que se le deshacía entre los dedos.

Mariana de Austria regente

Así, la figura de Mariana de Austria se alza como una de esas esfinges del Barroco español: viuda a los treinta, regente sin manual, conspiradora y conspirata, madre sufriente y soberana acosada. Su historia, llena de silencios documentales, abre más preguntas de las que cierra. Y quizá en esas preguntas, en ese vacío de archivo, resida la verdadera naturaleza de una mujer que heredó la corona más compleja de su tiempo en el peor momento posible.