El telegrama del Instituto Nobel llegó a la casa de la calle Vendig, en San Juan de Puerto Rico, cuando todavía no se habían encendido las luces de la laguna de Condado. Era el 25 de octubre de 1956. Juan Ramón Jiménez estaba en la cama, enfermo, y Zenobia Camprubí mantenía la casa en pie como quien sostiene un barco en plena tormenta. La noticia entró en aquel silencio sin estrépito: la Academia Sueca le había concedido el Premio Nobel de Literatura «por su poesía lírica, que en la lengua española constituye un ejemplo de alto espíritu y pureza artística».
El fallo se leyó en las redacciones de medio mundo. En la casa de la calle Vendig, el teléfono sonó varias veces, y los cables delgados de las ediciones vespertinas ya llevaban la noticia. Tres días después, Zenobia murió en esa misma casa. El premio llegó, por tanto, con olor a despedida más que a fiesta.
En Moguer, al otro lado del Atlántico, la noticia del Nobel iluminó durante unas horas los muros encalados de la casa natal. Pero el poeta no estaba allí desde hacía veinte años. Juan Ramón Jiménez nunca volvió a pisar la calle de la Ribera; el regreso, cuando llegó, fue en un ataúd, rodeado de silencio y de papeles.
Capítulo I: La mañana del telegrama
Juan Ramón Jiménez nació en Moguer, en la calle de la Ribera, el 23 de diciembre de 1881. Hijo de Víctor Jiménez y Purificación Mantecón, creció entre patios encalados, bodegas y viñedos de uva zalema, la variedad blanca que se vendimia temprano en los campos de Huelva. La casa familiar olía a mosto en septiembre y a cal en las mañanas de verano.
De niño estudió interno en el colegio de San Luis Gonzaga, en El Puerto de Santa María, con los jesuitas. Allí le inculcaron el latín y la liturgia, y allí empezó a guardar en cuadernos una melancolía que no acertaba a nombrar. Volvió a Moguer, hizo el bachillerato y se matriculó en Derecho en la Universidad de Sevilla. Abandonó las leyes cuando comprobó que los versos y los pinceles le bastaban.
En 1900 publicó sus primeros libros, Ninfeas y Almas de violeta, y viajó a Madrid. Conoció a Rubén Darío y a los modernistas; también conoció los sanatorios. La depresión y la hipocondría le persiguieron desde joven. Con la muerte de su padre en 1905, Moguer volvió a ser refugio. Fue en ese regreso donde cuajó la prosa lírica que desembocaría en Platero y yo, publicado en 1914 por Ediciones de la Lectura.

Capítulo II: La poesía pura y el viaje de 1916
A Zenobia Camprubí Aymar la conoció en Madrid en 1913. Tres años después se casaron en Nueva York, y durante el viaje de regreso a España escribió el Diario de un poeta recién casado, publicado al año siguiente. Aquel libro, con su verso desnudo y su prosa fragmentaria, abrió en la poesía española la senda de lo que después se llamó poesía pura: una obsesión por la exactitud, por quitar hojarasca al poema.
Zenobia se convirtió en su mecanógrafa, su traductora y su puerta con el mundo. Traducía a Tagore, ordenaba los papeles de su marido, respondía la correspondencia. Sin ella, el taller juanramoniano habría naufragado. Entre 1918 y 1923 publicó Eternidades, Piedra y cielo, Poesía y Belleza. Su influencia entre los jóvenes del 27 fue enorme: Lorca, Alberti, Guillén y Cernuda le leyeron y le visitaron. En Madrid frecuentó la Institución Libre de Enseñanza y la Residencia de Estudiantes, donde se cruzó con una generación de científicos y poetas.
La poesía pura era para Juan Ramón una cuestión de desnudez. Quería una palabra que no sobrara, una emoción que no se disfrazase. Eso le llevó a corregir sin descanso, a reescribir poemas publicados y a declarar que Platero y yo no era un libro para niños, aunque el uso escolar lo convirtiera en lectura obligada de varias generaciones.
Capítulo III: El exilio y la supervivencia
En julio de 1936, el golpe militar sorprendió a la pareja en Madrid. En agosto salieron hacia Francia y ya no regresaron. Pasaron los primeros años de exilio en Washington, en La Habana y en Coral Gables, cerca de Miami. Las mudanzas eran frecuentes, y las maletas de los libros pesaban más que las de la ropa.
En aquel exilio, la relación con la lengua se volvió una sútil forma de supervivencia. Juan Ramón siguió escribiendo; en 1949 publicó Animal de fondo, que integraría después el ciclo de Dios deseado y deseante. Los viajes por universidades norteamericanas fueron también viajes por los archivos portátiles de su memoria: Moguer, la cal, el azahar, la infancia.

Capítulo IV: El Nobel y la noche de luto
El 25 de octubre de 1956 la Academia Sueca anunció el Premio Nobel. La noticia no cambió el curso de la enfermedad de Zenobia. El 28 de octubre, tres días después del anuncio, murió en San Juan. Juan Ramón Jiménez, sumido en el duelo, no viajó a Estocolmo a recoger el premio. El galardón quedó ligado para siempre a la pérdida. Meses después, el embajador de Suecia le entregó la medalla y el diploma en una ceremonia breve, sin fiesta.
Apenas dos años después, el 29 de mayo de 1958, el poeta murió en San Juan. Sus restos, junto con los de Zenobia, fueron trasladados a España en 1959 y enterrados en el cementerio de Moguer. No volvió en vida a la calle de la Ribera; volvió en silencio, en un ataúd, sin haber pisado la casa natal desde 1936.
Capítulo V: Las cajas de papel y la memoria
En la Casa Museo de Zenobia y Juan Ramón Jiménez, en la calle Juan Ramón Jiménez de Moguer, se conservan muebles, manuscritos y objetos personales. En la Universidad de Puerto Rico, en la Sala Zenobia y Juan Ramón Jiménez de la Biblioteca General del campus de Río Piedras, se custodia parte de su archivo: poemas inéditos, cartas, versiones de un mismo verso con tachaduras a lápiz.

Moguer recibe a lectores de Platero y yo que buscan la casa, las bodegas y el paisaje del libro. La historia de Juan Ramón Jiménez es la de un Nobel que no volvió a oler la cal de su pueblo, pero cuya obra se lee cada vez más como un regreso. Aún hoy, en los anaqueles de la Sala Zenobia y Juan Ramón Jiménez, los papeles guardan correcciones. Nadie sabe cuántas versiones de un mismo poema siguen sin catalogarse.

