La izquierda global empuja al Partido Demócrata a romper con su pasado para plantar cara a Trump

El Partido Demócrata estadounidense ya no discute únicamente cómo derrotar a Donald Trump. La pelea más profunda se libra dentro de sus propias filas: qué tipo de partido debe enfrentarse al trumpismo, que legitima el genocidio de Palestina y promueve el belicismo a nivel global y, sobre todo, si para hacerlo necesita abandonar buena parte de las recetas liberal-conservadoras que durante décadas definieron su estrategia electoral.

Las últimas primarias han convertido esa discusión en algo mucho más que una disputa entre corrientes. El triunfo de Abdul El-Sayed en Michigan, donde se impuso a la congresista moderada Haley Stevens, ha demostrado que un candidato situado claramente a la izquierda puede derrotar a una aspirante respaldada por una maquinaria financiera extraordinariamente potente. Stevens recibió alrededor de 60 millones de dólares de grupos externos, incluidos 30 millones procedentes de AIPAC y organizaciones vinculadas al lobby proisraelí. El-Sayed, por el contrario, hizo campaña con propuestas sociales como la sanidad universal, una reforma radical de la financiación electoral y el fin de la ayuda militar estadounidense a Israel.

El resultado tiene una dimensión simbólica evidente. Michigan no es Nueva York ni California, dos territorios donde los candidatos progresistas pueden encontrar con mayor facilidad un electorado favorable. Es uno de los estados decisivos del Medio Oeste y uno de los territorios donde los demócratas necesitan demostrar que pueden recuperar terreno entre trabajadores y votantes desencantados.

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Ahí reside precisamente la principal tesis de la nueva izquierda estadounidense: el problema del Partido Demócrata no es que se haya desplazado demasiado hacia la izquierda, sino que durante demasiado tiempo ha ofrecido a sus votantes una versión descafeinada de sí mismo.

El coste de la vida como arma electoral

La nueva generación de candidatos progresistas ha entendido que las batallas culturales no bastan para construir una mayoría. Su discurso está cada vez más concentrado en asuntos materiales: vivienda, salarios, sanidad, precios de los alimentos, sindicatos y concentración de riqueza.

Es una estrategia que comparte elementos con los movimientos de izquierda que han ganado protagonismo en otros países occidentales. La sensación de que las élites políticas y económicas viven alejadas de los problemas cotidianos no es exclusivamente estadounidense. Y esa frustración ha terminado alimentando tanto al populismo de derechas como a una izquierda que intenta ofrecer una respuesta alternativa.

El propio Matt Duss, antiguo asesor de Bernie Sanders, identifica el fenómeno como una reacción contra unas élites que, a juicio de una parte del electorado, no entienden sus dificultades. Esa desconfianza está atravesando fronteras y sirve de combustible a movimientos políticos muy diferentes entre sí.

En Estados Unidos, además, existe un elemento que ha acelerado el proceso: Donald Trump. Su regreso a la Casa Blanca ha convencido a muchos demócratas de que limitarse a reconstruir el partido tal y como existía antes del trumpismo no resulta suficiente.

La lógica es sencilla. Si Trump ha conseguido alterar las reglas tradicionales de la política estadounidense, ¿por qué los demócratas deberían limitarse a restaurar el modelo anterior?

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Bernie Sanders abrió la puerta

El origen de esta transformación puede situarse en 2016. Bernie Sanders no consiguió derrotar a Hillary Clinton, pero aquella campaña modificó el espacio político del Partido Demócrata. El senador independiente demostró que existía una base electoral dispuesta a defender una agenda mucho más ambiciosa en materia económica.

Cuatro años después volvió a intentarlo y perdió frente a Joe Biden, pero muchas de sus propuestas terminaron penetrando en el programa demócrata. El problema fue que esa evolución nunca llegó a resolver la distancia entre el aparato del partido y una parte de sus bases.

Trump
El senador demócrata Bernie Sanders.

Alexandria Ocasio-Cortez representa la siguiente etapa. En 2018 derrotó en las primarias al congresista Joe Crowley, un veterano del aparato demócrata, y se convirtió en uno de los rostros más reconocibles de la izquierda estadounidense. Ahora, con 36 años, su nombre vuelve a aparecer cada vez que se habla de quién podría liderar la alternativa progresista en las presidenciales de 2028. Y después llegó Zohran Mamdani.

La victoria de Mamdani en Nueva York supuso otro golpe para el viejo Partido Demócrata. Su campaña se construyó alrededor de una cuestión que afecta a buena parte de la población: cuánto cuesta vivir en una de las ciudades más caras del mundo.

Su éxito permitió además que otros candidatos vinculados al ala progresista ganaran posiciones dentro del partido. El denominado «efecto Mamdani» se ha extendido a diferentes estados y ha reforzado la idea de que el socialismo democrático puede dejar de ser una corriente testimonial para convertirse en una fuerza electoral organizada.

Pero el mapa no es uniforme. En Wisconsin, el candidato del establishment, David Crowley, derrotó por un margen mínimo a Francesca Hong, vinculada al ala socialista democrática. Minnesota ofreció, en cambio, una nueva victoria para los progresistas.

Esto demuestra que todavía no existe una hegemonía de la izquierda dentro del Partido Demócrata. Lo que sí existe es una disputa abierta por el control de su futuro.

Gaza rompe el equilibrio

El genocidio de Gaza ha añadido otra fractura. La posición tradicional del Partido Demócrata respecto al violento comportamiento de Israel resulta cada vez más difícil de sostener entre los sectores jóvenes y progresistas.

Para candidatos como El-Sayed, la cuestión palestina se ha convertido en una pieza central de su discurso y no en un asunto secundario de política exterior. Michigan tiene además una importancia particular por su elevada población árabe-estadounidense. El-Sayed aprovechó esa circunstancia para defender el fin de la ayuda militar estadounidense a Israel y calificar de «genocidio» el genocidio en Gaza.

El resultado demuestra que la política exterior ya no está separada de las batallas internas del Partido Demócrata. Para una parte de sus votantes, ambas cuestiones forman parte del mismo rechazo a un sistema político excesivamente condicionado por los grandes donantes.

El establishment demócrata no parece dispuesto a entregar el partido sin luchar. La vieja guardia reivindica que el centrismo permitió a Bill Clinton ganar las presidenciales de 1992 y asegura que la coalición demócrata tradicional necesitaba atraer a votantes moderados.

La batalla puede intensificarse de cara a 2028. El grupo centrista Third Way prepara, según The New York Times, una campaña de 15 millones de dólares para combatir la influencia del socialismo democrático dentro del Partido Demócrata. Es una señal de que el enfrentamiento ya no es una discusión académica: empieza a movilizar dinero, estructuras y estrategias electorales.

El ala progresista cuenta, sin embargo, con una ventaja que preocupa al aparato: energía política. Sanders, Ocasio-Cortez, Mamdani y ahora El-Sayed representan una generación de candidatos capaces de movilizar a votantes que no se sienten atraídos por la política tradicional.

El propio El-Sayed tendrá ahora que demostrarlo frente al republicano Mike Rogers, avalado por Trump. Si consigue convertir su victoria interna en un triunfo electoral en noviembre, el argumento de quienes defienden que los demócratas necesitan moderarse para ganar sufrirá un golpe considerable.