Hace diez años, el gintonic mandaba en la barra. Hoy compite con una botella de agua con gas y una rodaja de limón. Entre medias se ha colado una crisis silenciosa del consumo de alcohol en España que los hosteleros ven cada noche, cuando hacen la caja.
La crisis del alcohol en España ya se nota en la barra
La consultora Nielsen puso cifras a lo que muchos llevábamos tiempo observando: el agua con gas creció un 14,3% interanual en 2025 dentro de la hostelería, hasta los 202,7 millones de euros de facturación. En los supermercados el salto fue todavía mayor, un 21,4%, y el segmento ya lidera las bebidas sin alcohol. El dato importa porque no describe un capricho puntual, sino una categoría que se está instalando.
No hay tregua, cantaba Barricada en 1986. Los precios han subido, la cesta de la compra se mira con lupa y los hábitos llevan años apretando en la misma dirección: menos alcohol, menos azúcar, menos calorías. Las marcas han respondido llenando estanterías de versiones sin alcohol. El cliente joven ha hecho algo más radical: cambiar de categoría.
Porque la generación que ahora entra en los bares no quiere consumir lo de siempre. Unos por precio, otros por salud y muchos porque el alcohol dejó de ser el peaje obligatorio del ocio. El agua con gas cumple los tres requisitos: cuesta una fracción de lo que vale un combinado, no lleva edulcorantes y permite alternar sin dar explicaciones a nadie.
Eso sí, aquí partíamos de muy abajo. Salvo en Cataluña, la Región de Murcia y las zonas más turísticas, donde el visitante impone su costumbre, el agua con gas nunca había sido una bebida popular en los bares españoles. En Europa nos llevan años de ventaja: se estima que el 35% de los consumidores europeos, cuando hablamos de agua carbonatada, prefiere que tenga gas.
Los números del Gobierno confirman que seguimos siendo un país de agua sin gas. El Informe de consumo alimentario de 2025 sitúa la media española en 60,4 litros de agua envasada sin gas por persona y año, frente a apenas 2,5 litros de agua con gas. Es un consumo de nicho, de acuerdo, pero con una pendiente que hace tres años nadie habría firmado.
El agua con gas no le está ganando la partida al alcohol por su sabor, sino porque permite quedarse en la barra sin tener que justificar nada.
El secreto del éxito
- Precio contenido: una botella de agua con gas ronda el euro y medio en la mayoría de las cartas, una cifra que aguanta una segunda ronda sin que duela la cuenta.
- Sin edulcorantes: a diferencia de los refrescos zero, no hay azúcar añadido ni calorías, y eso pesa en una generación que lee las etiquetas antes de pedir.
- Permite alternar: se puede beber toda la noche, conduce quien la bebe y nadie la señala como la opción rara de la mesa.
Qué se está pidiendo en la barra
La carta de bebidas de cualquier bar de barrio ha cambiado más en cinco años que en los veinte anteriores. Junto a las cañas y los combinados conviven ahora tónicas sin azúcar, cervezas 0,0, y kombuchas, pero quien se ha ganado el hueco a base de pedidos repetidos es el agua con gas. El cambio es real. Crece también el agua mineral y la búsqueda de refrescos sin azúcar añadido, señal de que la cosa no va solo de alcohol.
Mi consejo si trabajas detrás de la barra es sencillo: trátala como tratas una cerveza. El error más habitual es servirla a temperatura ambiente o en un vaso recién salido del lavavajillas: ahí la burbuja se muere antes de llegar a la mesa. Bien fría, con hielo grande y una piel de limón, aguanta la noche entera. Ojo con la copa: cuanto más estrecha, menos gas se escapa.
Los hosteleros que han entendido el cambio lo notan en el ticket medio. No es que se venda más agua con gas que cerveza, ni mucho menos, pero sí es la bebida que sostiene las mesas largas, esas en las que antes caían dos rondas y ahora se piden dos botellas. Dejémoslo en un ‘ya veremos’.
Variaciones y maridaje
Marida mejor de lo que parece. Una burbuja fina y un cítrico limpian la grasa de unas bravas, de unas croquetas o de un plato de embutido mejor que muchas bebidas con alcohol, y sin cargar el paladar. En Cataluña lo tienen interiorizado desde hace décadas; en el resto del país vamos aprendiendo.
En casa, la opción más sencilla es un sifón clásico o un gasificador doméstico: sale más barato que la botella y siempre está lista. Si la compras, guárdala en la nevera y consúmela en dos o tres días desde la apertura; después, el gas se marcha y lo notas en el primer sorbo.
Para quien busque alternativas sin alcohol, la tónica sin azúcar, la kombucha y la cerveza 0,0 cubren el mismo hueco con perfiles distintos. La primera es más dulce, la segunda tiene un punto ácido que no a todo el mundo le encaja y la tercera funciona cuando lo que apetece es el gesto, no el sabor.
Queda por ver si la generación del agua con gas marca el paso durante los próximos años o se disipa como tantas otras modas de consumo. Las cifras de hostelería apuntan a lo primero. Lo que ya es un hecho es que la barra española, esa que llevaba medio siglo sirviendo lo mismo, ha tenido que aprenderse una carta nueva.
