Hutíes consolidan el control del estrecho de Bab el-Mandeb y prometen dejar pasar buques no saudíes

El grupo chií se hizo a comienzos de septiembre con la isla de Perim y el puerto de Mokha, en la costa yemení. Su promesa de no atacar buques estadounidenses llega con contactos indirectos con Washington a través de Omán.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Los hutíes aseguran haber tomado posiciones estratégicas en el estrecho de Bab el-Mandeb —el puerto de Mokha y la isla de Perim— y garantizan que solo atacarán buques vinculados a Arabia Saudí.
  • ¿Quién está detrás? El grupo chií respaldado por Irán, en alto el fuego con Estados Unidos desde mayo de 2025 y con contactos indirectos con Washington a través de Omán.
  • ¿Qué impacto tiene? Vuelve el riesgo al Mar Rojo con el estrecho de Ormuz prácticamente cerrado al tráfico comercial. Para España, la factura llega vía fletes, seguros, energía e inflación.

Los hutíes aseguran haber tomado posiciones clave en el estrecho de Bab el-Mandeb y eligen ya a qué buques dejan pasar.

Perim y Mokha: el mapa del estrecho cambia de manos

La reivindicación hutí no está verificada de forma independiente. Llega, además, envuelta en la retórica de siempre. El dato menos discutido es la toma de Mokha, en la costa yemení del Mar Rojo, y de la isla de Perim, la roca volcánica que parte el estrecho en dos canales y desde la que se puede hostigar el tráfico con artillería, drones y misiles costeros. Los recuentos que circulan desde comienzos de septiembre hablan de bajas graves entre las fuerzas leales al gobierno yemení. Riad lo atribuye a esas mismas fuerzas y no a su aviación, un matiz que le permite no reconocer la magnitud del revés. La geografía del estrecho, apenas 26 kilómetros en su punto más estrecho, explica por qué importa tanto quién controla esa roca.

El portavoz político del grupo, Mohamed al-Bukhaiti, ha puesto precio político a la operación. ‘No estamos atacando a Estados Unidos, ni a ninguna otra nación, en el estrecho, con la única excepción del enemigo saudí’, declaró en una entrevista publicada este domingo. ‘El objetivo de nuestras operaciones militares no es cerrar el estrecho de Bab el-Mandeb, sino garantizar la libertad de navegación para todos’, añadió. En la misma conversación confirmó contactos indirectos con Washington a través de Omán, el canal que ya sirvió para cerrar en mayo de 2025 el alto el fuego que puso fin a la campaña aérea estadounidense en Yemen.

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Por qué los fletes vuelven a mirar al Mar Rojo

Al mercado marítimo le basta la incertidumbre; no necesita un cierre formal para reaccionar. Cuando los hutíes empezaron a golpear buques en 2023 y 2024, las grandes navieras abandonaron el canal de Suez y rodearon África por el Cabo de Buena Esperanza, una decisión que añadió entre diez y catorce días a cada trayecto entre Asia y Europa y que encareció el flete y el seguro de guerra que se paga por cada tránsito. Aquella crisis se gestionó con dos dispositivos navales, la Operación Guardián de la Prosperidad, liderada por Washington, y la europea Operación Aspides, y aun así el tráfico tardó meses en estabilizarse.

Mar Rojo

El otro cuello de botella está en Ormuz. Según el relato difundido por el medio estatal ruso RT, que fue el canal elegido para lanzar la reivindicación hutí, el estrecho de Ormuz permanece prácticamente cerrado al tráfico comercial por el conflicto entre Estados Unidos e Irán. Si ese dato se confirma, el sistema marítimo global tendría dos de sus grandes pasos bajo la misma lógica de riesgo simultáneo. Los armadores, las aseguradoras, los cargadores, y los gobiernos de la región están recalculando rutas sobre esa hipótesis.

Cerrar el Mar Rojo no hace falta: basta con que la prima de riesgo suba para que el buque cambie de ruta.

Washington se mueve en una franja estrecha. El Departamento de Estado emitió el sábado 19 de septiembre alertas de seguridad en todo Oriente Próximo, con aviso de escalada entre hutíes y Arabia Saudí y de posibles ataques contra instalaciones diplomáticas estadounidenses. Según CNN, Trump ha sido informado de las opciones de ataque disponibles en Yemen, pero no ha autorizado ninguna acción militar. Riad pidió una intervención directa y ha recibido, por ahora, intercambio de inteligencia y apoyo en el diseño de objetivos. La cooperación se mantiene en en un segundo plano deliberado, compatible con el alto el fuego de mayo de 2025.

Dos pasos marítimos, Ormuz y Bab el-Mandeb, y una sola pregunta de fondo: quién asume el coste de mantenerlos abiertos.

Equilibrio de Poder

El eje Washington-Moscú-Bruselas se recoloca sobre este estrecho. La administración Trump actúa con lógica transaccional: prefiere que Riad asuma el coste de su propia guerra y reserva sus activos para el Indo-Pacífico y para el pulso con Teherán. Moscú, mientras tanto, disfruta de una posición cómoda. RT difunde los comunicados hutíes, el Kremlin mantiene relaciones con Irán y el caos en el precio del crudo y del flete golpea a las economías europeas que compiten con la rusa. Bruselas, en cambio, paga la factura sin decidir. La misión Aspides nació con mandato defensivo, medios limitados y una dependencia evidente de la inteligencia estadounidense, algo que ya se vio en la crisis de 2024.

Para España el impacto es directo y medible. Somos importadores netos de energía y de componentes asiáticos, y cada repunte del coste del transporte marítimo acaba trasladándose al IPC con dos o tres trimestres de retardo. Las Islas Canarias, con un consumo energético dependiente del suministro exterior, son la parte más expuesta del territorio. En clave militar, España mantiene en Rota el cuartel general operativo de la Operación Atalanta, el dispositivo europeo contra la piratería en el océano Índico y el golfo de Adén, y sigue el desarrollo de Aspides desde dentro. La frontera sur añade otra capa: si Teherán consolida su influencia en la orilla africana del estrecho, el Sahel y el Magreb ganan un factor de inestabilidad que Rabat y Argel leen con atención.

El precedente más útil sigue siendo 2015. Entonces Riad lanzó una intervención que debía durar semanas y se convirtió en una guerra de nueve años, con un alto el fuego tutelado por la ONU en 2022 que nunca llegó a ser una paz. La novedad de este septiembre es que los hutíes han pasado de atacar barcos a administrar un cuello de botella, y que lo hacen con un discurso de libertad de navegación que conviene escuchar con escepticismo. El grupo prometió en su día no tocar buques chinos ni rusos y su registro posterior no resiste el escrutinio. La excepción saudí de hoy es reversible mañana. El riesgo inmediato no es un cierre del estrecho, sino una cadena de errores de cálculo: un buque mal identificado, un dron que cae en el lugar equivocado, una fragata que responde sin autorización política.

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Queda una ventana crítica. La renovación del mandato del Panel de Expertos de la ONU sobre Yemen y el próximo informe al Consejo de Seguridad serán el primer termómetro formal del envite. Después, la decisión que Trump mantiene congelada sobre los objetivos en Yemen marcará si estamos ante una presión táctica o ante una guerra nueva. El estrecho, mientras tanto, ya tiene dueño nuevo y un criterio viejo: decide quién pasa y quién paga.