Los jefes de Defensa de la OTAN han elegido al general Carsten Breuer para presidir el Comité Militar de la OTAN desde el verano de 2027. El inspector general de la Bundeswehr sustituirá al almirante italiano Giuseppe Cavo Dragone al frente del principal órgano militar de la Alianza, y lo hará con un mandato de tres años.
La designación se cerró durante la conferencia anual del Comité Militar celebrada el pasado sábado en Copenhague, donde los jefes de Estado Mayor aliados respaldaron al candidato alemán. Ese foro es donde los máximos responsables militares coordinan qué hacen juntas sus fuerzas y asesoran al Consejo del Atlántico Norte, el órgano político que decide. Colocar a un alemán ahí no es un detalle administrativo: es la señal de quién marcará la doctrina operativa aliada en la próxima legislatura.
La votación de Copenhague y el relevo de Cavo Dragone
Breuer llega al puesto con una etiqueta incómoda de ignorar: es el militar que ha pilotado el mayor rearme de la Bundeswehr desde la Guerra Fría. Ocupa el cargo de inspector general desde 2023, justo después de que Berlín activara su giro militar tras la invasión rusa de Ucrania. Su elección para uno de los puestos militares más altos de la Alianza fue leída en Berlín como un espaldarazo a esa política, y no como una simple rotación de cuotas.
El ministro de Defensa alemán, Boris Pistorius, interpretó el resultado como ‘un reconocimiento de las numerosas medidas que Alemania ha introducido para fortalecer la alianza’. La frase tiene doble fondo. Berlín no solo aspira a mandar más: quiere que su modelo —industria nacional, dinero público y ambición territorial— sea el patrón que copie el resto de Europa.
Los números sostienen ese peso. Con unos 125.000 millones de euros anuales, Alemania es ya el primer gastador militar de la OTAN europea, muy por delante de Francia y del Reino Unido. En 2025, Berlín firmó pedidos de equipamiento por valor de unos 85.000 millones de euros, según el Instituto Kiel para la Economía Mundial. Hace cinco años, cifras así habrían sonado a ciencia ficción.
Alemania no pide un puesto en la cúpula aliada: lo respalda con el mayor presupuesto militar de Europa y una industria que ha vuelto a fabricar en serie.
El origen está en el discurso de la Zeitenwende que Olaf Scholz pronunció en 2022, cuando prometió un giro histórico en la política de defensa alemana. Friedrich Merz, que sustituyó a Scholz como canciller en mayo de 2025, elevó la apuesta con un objetivo explícito: convertir al Ejército alemán en la fuerza convencional más potente del continente. Su coalición reformó el freno constitucional a la deuda para blindar el gasto militar y fijó una meta del 3,5% del PIB en 2029. Varios diputados han sugerido incluso recuperar el servicio militar obligatorio, suspendido en 2011, ante la falta de efectivos.
Por qué Berlín quiere el mando y qué coste tiene para Europa

Alemania acumula ya una presencia creciente en la estructura de mando aliada, y la presidencia del Comité Militar consolida esa tendencia. Le da algo más valioso que un despacho: capacidad de fijar la agenda operativa. El Comité no decide el despliegue, pero sí prepara las recomendaciones que llegan al Consejo del Atlántico Norte, y ahí se cuece la doctrina.
La lectura estratégica es que Berlín ha dejado de ser el socio reticente. Durante dos décadas, la Bundeswehr fue una fuerza pensada para misiones expedicionarias pequeñas, con equipos a medio usar y una cultura de contención que irritaba a Washington. El rearme ha invertido esa lógica. Ahora el problema no es la falta de voluntad alemana, sino que el resto de Europa no puede seguir su ritmo de gasto.
Francia mira el movimiento con distancia. París defiende una autonomía europea de defensa que no pase por un liderazgo alemán tutelado desde Washington, y el ascenso de Breuer tensiona esa línea. Los países del flanco este, en cambio, respiran: quieren capacidad real y les importa menos de dónde venga el mando.
Moscú ha rechazado la interpretación de que el rearme alemán sea puramente defensivo. El ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, sostuvo este mes que la ambición de Merz equivale a ‘una declaración de guerra’ a Rusia y acusó al canciller de no haber aprendido las lecciones de la historia. El Kremlin insiste en que no atacará a ningún miembro de la OTAN salvo que sea atacado primero y califica de belicismo imprudente las tesis contrarias. Son afirmaciones de parte que conviene leer con la cautela con la que se leen todas las declaraciones de parte.
Equilibrio de Poder
Washington gana con el nombramiento. La administración de Donald Trump presiona desde su regreso a la Casa Blanca, en enero de 2025, para que Europa pague su propia defensa y libere recursos estadounidenses hacia el Indo-Pacífico. Un Comité Militar presidido por un general alemán encaja en ese guion: menos tutela directa de Estados Unidos, más carga europea. El riesgo, que Bruselas ya intuye, es que esa autonomía se construya sobre una dependencia tecnológica que sigue siendo estadounidense.
Para España el asunto no es ajeno. Berlín empuja al conjunto de la Alianza hacia el 3,5% del PIB en defensa, una cifra que en términos españoles rondaría los 50.000 millones de euros anuales, frente a los algo más de 20.000 actuales. Eso significa más presión sobre Moncloa en cada cumbre y un debate interno que ya no se puede aplazar. La frontera sur añade otra capa: si Europa concentra recursos en el flanco este, el Sahel y el Magreb quedan como el flanco olvidado, precisamente el que más afecta a la seguridad española, a Ceuta y Melilla y al control migratorio. Rota y Morón, seguirán siendo piezas clave del dispositivo aliado, pero el eje de gravedad presupuestario se desplaza claramente hacia el Báltico.
A medio plazo, el liderazgo alemán consolida una OTAN más europea en la forma y más alemana en el fondo. La incógnita no es si Alemania mandará más, sino si será capaz de sostener el esfuerzo cuando la economía se enfríe y el consenso político se agriete. El calendario marca la próxima cumbre aliada y el arranque del mandato de Breuer en el verano de 2027. Ahí se verá si el rearme era una política de Estado o solo una respuesta de coyuntura.

