Emmanuel Macron aterriza este martes en Madrid para la visita de Estado que la Corona española venía reclamando desde 2018. La cita consagra el eje Madrid-París, pero expone a los dos gobiernos en su hora más frágil y deja a Felipe VI como la única referencia institucional con continuidad.
La visita llega, además, con un expediente abierto. El Tratado de Amistad y Cooperación entre España y Francia, pendiente todavía de su tramitación parlamentaria, es la pieza que el Gobierno quiere lucir durante la estancia del presidente francés. Según ha publicado El Mundo, el Tribunal Constitucional ha tenido que intervenir para desbloquear el calendario, con la ratificación en el Senado aún sin cerrar.
El contexto político no ayuda. Macron afronta el tramo final de su mandato en el Elíseo, y Pedro Sánchez gobierna con una mayoría erosionada por la contestación social y el desgaste parlamentario. Una visita de Estado —condecoraciones, honores militares, y cena de gala en los salones palaciegos— puede leerse como un gesto de solemnidad desconectado de la calle. Ese es, justamente, el terreno donde la Corona conserva más margen de maniobra que los dos ejecutivos.
De Giscard d’Estaing a Macron: medio siglo de diplomacia discreta con París

Francia ha sido, en estas cinco décadas de democracia, el socio al que la Corona española ha dedicado sus mayores atenciones diplomáticas. Valéry Giscard d’Estaing trabó con Juan Carlos I una amistad personal que llegó a incomodar a Adolfo Suárez, celoso de un trato bilateral que se cocinaba al margen de la Moncloa de entonces. Aquel vínculo ayudó a legitimar al primer Rey de la Transición ante una Europa que miraba con recelo al sucesor designado por Franco.
La relación tuvo también su cara amarga. Durante los años de plomo, cuando Francia actuaba como santuario de ETA, la diplomacia silenciosa entre Zarzuela y el Elíseo resultó más útil a los intereses españoles que muchos comunicados oficiales. El propio Juan Carlos I se convirtió en 1993 en el primer mandatario extranjero en dirigirse a la Asamblea francesa en la etapa contemporánea, con el único precedente del estadounidense Woodrow Wilson en 1919.
Cuando la relación política se enfría, la Corona ha funcionado como el canal silencioso que Madrid y París nunca cerraron del todo.
Con Sarkozy, en cambio, el Rey emérito cometió un exceso de zalamería: le impuso el Toisón de Oro, una distinción que el expresidente francés nunca ha devuelto pese a sus condenas judiciales. Felipe VI ha corregido ese patrón y se muestra mucho más comedido con Macron, a quien recibe sin los gestos de familiaridad de la etapa anterior.
La Corona como único activo de continuidad en el eje Madrid-París
La fortaleza de la Monarquía en el terreno exterior no depende de mayorías parlamentarias ni de ciclos electorales. Esa es su ventaja estructural y también su zona de riesgo. Cuando dos gobiernos llegan fatigados a una cita de Estado, el Jefe del Estado asume un protagonismo que puede interpretarse como una coartada institucional para tapar debilidades ajenas.
Zarzuela lo sabe y calibra cada gesto. El protocolo de una visita de Estado reserva al Rey el papel de anfitrión neutral: recibe, condecora y preside la cena de gala, pero no entra en el detalle del contenido político, que corresponde al Gobierno. Esa separación, según la agenda oficial de la Casa del Rey, es la que permite a la Corona mantener relaciones estables con París independientemente de quién ocupe el Elíseo o La Moncloa.
No es una situación inédita. La Corona ha atravesado antes coyunturas en las que el Gobierno llegaba debilitado a una cita internacional, y ha resuelto el trance apoyándose en el rigor del protocolo y en la continuidad de la Jefatura del Estado. La diferencia, ahora, es el grado de polarización interna: cualquier gesto del Rey durante la visita será escrutado por ambos flancos del arco parlamentario.
Queda el reto de la percepción. La Corona española ha construido en la última década un perfil exterior sobrio y técnico, muy alejado de la teatralidad de otras épocas. Sin embargo, el desgaste simultáneo de Macron y Sánchez puede arrastrar a la institución a un relato de decadencia compartida que no le conviene. Medir esa distancia, sin renunciar al papel diplomático, será el verdadero examen de la visita.
El desenlace tangible llegará con la letra pequeña. Si el Tratado de Amistad y Cooperación se ratifica en los próximos meses, la visita habrá servido para consolidar un marco jurídico estable entre ambos países. Si el proceso vuelve a atascarse, quedará la fotografía y poco más —que, en diplomacia, tampoco es poco.
Claves del Protocolo y Estado
- Contexto del acto: Visita de Estado que Felipe VI venía reclamando desde 2018, con el Tratado de Amistad y Cooperación hispano-francés como horizonte.
- El detalle de protocolo: El programa recupera la máxima solemnidad —honores militares, condecoraciones y cena de gala— en pleno desgaste político de ambos gobiernos.
- Próximos pasos: La ratificación del tratado en el Senado sigue pendiente y la Casa del Rey no ha desglosado aún el programa completo de la estancia.
