Moncloa confirma que Sánchez no acompaña a los Reyes en su viaje a Ceuta y Melilla

Zarzuela y el Ejecutivo han pactado la fecha, pero el presidente delega en un ministro de jornada la representación del Gobierno. La decisión deja al descubierto la falta de sintonía entre ambas instituciones tras los hechos del 30 y 31 de julio.

Moncloa confirma que Sánchez no acompañará a los Reyes a Ceuta y Melilla el 13 y 14 de octubre. Zarzuela y el Ejecutivo han cerrado un viaje consensuado, pero la ausencia del presidente introduce una lectura política que excede el terreno del protocolo.

Un viaje consensuado con la ausencia calculada del presidente

La confirmación llegó este jueves por vía gubernamental: Pedro Sánchez no estará en las dos ciudades autónomas. Fuentes del Ejecutivo precisan que no se trata de una decisión de última hora, sino de la aplicación de una rutina. En desplazamientos de este tipo dentro de España, el presidente no suele acompañar a los Reyes. Será un ministro de jornada quien asuma la representación del Gobierno.

Ese nombre todavía no está cerrado. La Casa del Rey aún no ha detallado el programa que desarrollarán don Felipe y doña Letizia en las dos ciudades, y solo cuando se publique se sabrá quién acompaña a los monarcas. En el entorno del Ejecutivo se apunta a Ángel Víctor Torres, titular de Política Territorial y Memoria Democrática, como el perfil que mejor encaja.

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La cita llega con retraso. La última visita de un Rey a Ceuta se remonta a 2007, de modo que el reinado de Felipe VI acumula casi dos décadas sin presencia de la Corona en las dos ciudades autónomas.

El reproche previo y los roces que Moncloa no ha olvidado

El anuncio lo hizo el propio Sánchez a principios de septiembre, cuando prometió el desplazamiento en las próximas semanas. Antes había dejado un reproche en el aire durante una entrevista en la cadena Ser: recordó que él lleva ocho años gobernando y que el Rey reina desde hace más de veinte, y preguntó cuántas veces había viajado el Monarca a Ceuta y Melilla. La respuesta, vino a decir, era ninguna.

El viaje tampoco se ha cocinado en un clima plácido. Durante la cena de gala ofrecida en el Palacio Real en honor al presidente francés, Emmanuel Macron, el Rey calificó de inaceptable la intrusión masiva de decenas de miles de personas que violaron la frontera española y europea los días 30 y 31 de julio. Lo hizo con el presidente del Gobierno sentado a la misma mesa.

Zarzuela y Moncloa comparten la fecha del viaje, no el relato de la crisis que lo ha hecho inevitable.

El episodio más delicado fue anterior. El comunicado que la Casa del Rey difundió el 1 de agosto expresaba gran preocupación e indignación por los graves acontecimientos de Ceuta, y añadía que el Estado debe velar por su seguridad y evitar que hechos como aquellos, con decenas de vidas perdidas, vuelvan a repetirse. En Moncloa se leyó esa frase como una crítica velada a la gestión del Gobierno, y el enfado quedó registrado.

A ese malestar se suman dos reproches más. En el Ejecutivo esperaban que Zarzuela hubiera zanjado las insinuaciones lanzadas por la oposición durante agosto sobre un supuesto veto a la visita del Rey, y no se produjo ningún movimiento en ese sentido. Tampoco gustó la difusión de una imagen del Monarca con la ministra de Defensa y los altos mandos militares, interpretada como una elevación del tono frente a la línea de apaciguamiento con Rabat.

La crisis de Ceuta ha evidenciado una falta de sintonía que viene de lejos. Paiporta durante la dana, las tomas de posesión de mandatarios latinoamericanos, la ausencia de representación española en la reapertura de Notre Dame y todo lo que rodea a la figura de Juan Carlos I forman ya una serie reconocible. En ocho años de Gobierno, la relación ha pasado de la protección de la institución a la exhibición de las discrepancias.

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La relación Gobierno-Corona ante un nuevo test institucional

El desplazamiento a Ceuta y Melilla será, por encima de cualquier otra cosa, un ejercicio de presencia territorial. Leído en clave de Estado, corrige una anomalía de casi dos décadas y sitúa a la Corona en el lugar donde se dirimen hoy las crisis fronterizas. Leído en clave política, deja al descubierto que el Ejecutivo prefiere delegar en un ministro una representación que el protocolo no le obliga a asumir, pero que tampoco le habría costado demasiado.

Hay un riesgo evidente en la fecha elegida. Marruecos reaccionó con dureza en 2007, la última vez que un Rey pisó Ceuta, y entonces el contexto bilateral no arrastraba el desgaste actual. La visita de octubre llega con la frontera aún bajo tensión y con la estrategia de apaciguamiento del Gobierno cuestionada desde varios flancos. En Zarzuela se ha mantenido la firmeza expresada tras los hechos de julio, sin entrar a a valorar la gestión del Ejecutivo, y esa contención será difícil de sostener si Rabat responde con gestos de desagrado.

Queda por ver, además, cómo se organiza la agenda. La Casa del Rey no ha detallado qué actos se visitan en cada ciudad, si habrá encuentros con las instituciones locales ni si se incluye algún gesto hacia las fuerzas de seguridad desplegadas. También importa la elección del ministro de jornada, porque enviará un mensaje sobre el peso real que Moncloa concede al desplazamiento. La cita del 13 y 14 de octubre está fijada, y a partir de ahí el relato dejará de escribirse en los despachos para escribirse en la calle.

Claves del Protocolo y Estado

  • Contexto del acto: primera visita de Felipe VI a Ceuta y Melilla en casi dos décadas, pactada entre Zarzuela y Moncloa tras el anuncio presidencial de principios de septiembre.
  • El detalle de protocolo: el jefe del Ejecutivo no acompaña a los Reyes en desplazamientos dentro de España; la representación del Gobierno recae en un ministro de jornada todavía por designar.
  • Próximos pasos: la Casa del Rey detallará en los próximos días el programa de los días 13 y 14; el viaje pondrá a prueba la reacción de Rabat.