Antonio de Mendoza, el virrey que gobernó Nueva España y Perú

Gobernó Nueva España entre 1535 y 1550 con instrucciones de domar a los conquistadores. Aplicó las Leyes Nuevas a regañadientes, se endeudó con la expedición de Coronado y murió en Lima en 1552.

Entró en México por una calzada estrecha, con el agua de la laguna a los dos lados y una cédula firmada por Carlos V en el equipaje. Antonio de Mendoza y Pacheco tomó posesión del gobierno de Nueva España en noviembre de 1535 y se convirtió en el primer virrey de aquellas tierras: el primer hombre al que la monarquía española encomendó gobernar un reino americano en su nombre, con título propio, instrucciones por escrito y un salario. También el primero en descubrir hasta qué punto ese encargo era una jaula.

Quince años antes, Hernán Cortés había derribado un imperio con unos cientos de hombres y una docena de caballos. Ahora llegaba un administrador. La distancia entre aquellos dos mundos —el de la conquista y el del despacho— es la verdadera materia de este relato, y Antonio de Mendoza fue a la vez su primera víctima y su primer artífice.

Capítulo I: El segundón de los Tendilla

Nació hacia 1490, en el seno de una casa que había hecho carrera en la frontera de Granada. Su padre, Íñigo López de Mendoza, II conde de Tendilla, fue capitán general del reino granadino y alcaide de la Alhambra; su madre, Francisca Pacheco, pertenecía a una de las familias que sostenían la monarquía de los Reyes Católicos. Antonio no era el heredero. Era el hijo que se destina a la corte, a la diplomacia o a la guerra, y que sirve para colocar el apellido donde haga falta.

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Ese perfil importa para entender la política americana de la década de 1530. Carlos V no quería en Indias grandes señores capaces de levantar un poder propio; tampoco quería letrados sin espada. Necesitaba nobles de segunda fila, acostumbrados a obedecer y a mandar en nombre de otro, con patrimonio suficiente para no depender del suelo que administraban y con escaso margen para convertirse en virreyes de su propia casa. Mendoza encajaba en el molde con una precisión casi incómoda.

La Nueva España que recibió llevaba una década dando tumbos. La primera Audiencia, presidida por Nuño de Guzmán, había dejado un reguero de abusos y pleitos; la segunda, con Sebastián Ramírez de Fuenleal al frente, había intentado poner orden. La Corona concluyó que hacía falta una figura superior, un alter ego del rey. No era una ocurrencia abstracta: era la respuesta a un problema de control. Los conquistadores se habían repartido indios y tierras y se comportaban como señores feudales; la monarquía quería súbditos, no señores.

Capítulo II: El rey en el espejo

El oficio de virrey se inventó sobre la marcha. Mendoza llegó con la triple condición de gobernador, presidente de la Real Audiencia y capitán general, y con el patronato eclesiástico en la práctica bajo su mano. Podía nombrar corregidores, repartir tierras baldías, administrar justicia en última instancia y ordenar hombres en armas. Sobre el papel, era el rey en México.

En la práctica, estaba rodeado de contrapesos. Los oidores de la Audiencia eran letrados con criterio propio y con línea directa al Consejo de Indias; los oficiales reales llevaban la cuenta de la hacienda; los provinciales de las órdenes religiosas respondían ante sus superiores y no ante él; y el cabildo de la ciudad de México enviaba procuradores a la corte para negociar sus asuntos sin pasar por el virrey. A eso se sumaba la amenaza permanente de un visitador enviado desde España para auditar su gobierno, y el juicio de residencia que todo virrey debía afrontar al dejar el cargo.

La política del reinado se jugaba, por tanto, en una negociación de tres bandas: la Corona, que quería dinero y obediencia; los encomenderos, que querían perpetuar el trabajo forzoso de los indios; y las órdenes religiosas, que aspiraban a gobernar las almas —y de paso a los cuerpos— con la menor interferencia posible. Mendoza, que no era un teólogo ni un jurista de escuela, se movió siempre en ese triángulo con una técnica que sus contemporáneos conocían bien: la fórmula de acatar una orden real y aplicarla luego a su manera, según el tempo que impusieran las circunstancias locales.

Ese talante explica sus mejores logros y también su fama de hombre sin filo. Los cronistas de la orden franciscana le agradecieron el apoyo a las misiones; los encomenderos le acusaron de tibio; los funcionarios de la hacienda real le reprocharon lentitud. Es probable que los tres juicios fueran ciertos al mismo tiempo.

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Capítulo III: La política de la tinta

Gobernar un territorio cuyos habitantes hablaban decenas de lenguas y cuyas cuentas se llevaban en lienzos de maguey exigía algo más que soldados. Mendoza lo entendió pronto. En 1536, pocos meses después de su llegada, la Casa de la Moneda de México acuñó sus primeras piezas de plata, con la leyenda de Carlos y Juana: un instrumento fiscal y, sobre todo, una declaración de que aquel reino ya formaba parte de la economía imperial y no era un campamento de aventureros.

Poco después llegó la imprenta. Hacia 1539 los talleres de Juan Pablos, en la ciudad de México, empezaron a sacar pliegos impresos, los primeros del continente americano. La coincidencia no es casual: moneda, papel y tinta son las tres patas de una misma operación, la de convertir una conquista en una administración.

El colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, abierto en 1536 para formar a los hijos de la nobleza indígena, respondía al mismo impulso. De ahí saldrían los informantes y los intérpretes que harían posible el proyecto más ambicioso del virrey: encargar a los propios vencidos la memoria escrita de lo que había sido su mundo. Hacia 1541 un equipo de pintores y glosas indígenas componía el llamado Códice Mendoza, un volumen de tres partes que describía la historia de los mexicas, el tributo que cada pueblo pagaba y la vida cotidiana de sus gentes.

El encargo tenía una lógica política evidente. Para cobrar hay que saber qué se cobra; para evangelizar hay que saber qué se cree; para gobernar hay que saber quién manda en cada pueblo. El Códice Mendoza no era una curiosidad de anticuario, sino un instrumento de Estado. En paralelo, fray Jerónimo de Alcalá recogía por orden del virrey la Relación de Michoacán, la memoria del reino purépecha, hoy conservada en la biblioteca de El Escorial. Décadas más tarde, el mismo impulso llevaría a fray Bernardino de Sahagún a levantar su monumental historia del mundo náhuatl.

primer virrey de Nueva España

Capítulo IV: El norte devora una fortuna

La política exterior del virrey fue una sucesión de apuestas caras. En 1540 autorizó y costeó la expedición de Francisco Vázquez de Coronado hacia las ciudades de Cíbola, en el norte, de la que se esperaban riquezas comparables a las del Perú. Ese mismo año, Hernando de Alarcón remontó el río Colorado por mar y tierra para abastecer a los expedicionarios. En 1542, Ruy López de Villalobos salió del puerto de Barra de Navidad hacia las islas del Poniente, a las que bautizó como Filipinas en honor del príncipe Felipe.

Las tres empresas fracasaron en términos materiales. Coronado regresó en 1542 con las manos vacías y una crónica de aldeas de adobe; Villalobos murió en su intento y su gente se dispersó; Alarcón no encontró el paso que buscaba. La Corona rara vez financiaba estos proyectos: los autorizaba y esperaba que alguien los pagara. Ese alguien fue, en buena parte, el propio virrey, que comprometió su hacienda y la de su mujer en la aventura del norte. Los papeles de la época no permiten fijar la cifra exacta del quebranto, pero sí la consecuencia: Mendoza gobernó los últimos años de su mandato mexicano con la reputación de un hombre endeudado.

Entre medias, la guerra. Entre 1541 y 1542 la sublevación de los pueblos de Nueva Galicia, conocida como guerra del Mixtón, obligó al virrey a ponerse al frente de la columna. Pedro de Alvarado había muerto en 1541 en la retirada, aplastado por su propio caballo, y el prestigio militar de la Corona quedó en entredicho. Mendoza asumió el mando personal de la campaña, organizó el castigo de los rebeldes y restableció el control sobre la frontera. Fue su única experiencia directa de guerra y la usó a fondo: sin ella, su autoridad sobre los capitanes veteranos habría sido puramente nominal.

Capítulo V: Las Leyes Nuevas y el arte de esperar

El gran conflicto político de su gobierno llegó de España en forma de legislación. Las Leyes Nuevas, promulgadas en 1542 con el impulso del dominico Bartolomé de las Casas, prohibían el trabajo forzoso de los indios, suprimían el servicio personal y ordenaban que las encomiendas no se heredaran: a la muerte del titular, los indios volvían a la Corona. Era una bomba colocada bajo los cimientos de la sociedad colonial.

La reacción en México fue inmediata. Los encomenderos movilizaron a sus procuradores, escribieron memoriales, presionaron a los cabildos y difundieron pasquines por las paredes. El visitador Francisco Tello de Sandoval llegó en 1543 con el encargo de ejecutar las leyes; ante la resistencia, y con el Consejo de Indias pendiente de un informe, se decidió suspender su aplicación a la espera de instrucciones. Mendoza, que había recibido la orden de cumplirlas, hizo lo que sabía hacer: ganar tiempo. Aplicó las partes menos conflictivas, frenó las más duras y dejó que la Corona decidiera con la información que él mismo enviaba.

La Corona cedió. En 1545 revocó el capítulo más explosivo, el que impedía heredar las encomiendas. Fue una derrota política de las Casas y, en cierto modo, también del virrey, que había quedado retratado como un ejecutor tibio. Pero la solución final —mantener el trabajo indígena bajo tutela y controlar a los encomenderos desde la Audiencia— fue la que se impuso durante décadas. Mendoza no ganó la partida; la empató, que en la política de la monarquía era a menudo la única victoria posible.

Capítulo VI: Lima, final de trayecto

En 1550 entregó el gobierno de Nueva España a Luis de Velasco y embarcó hacia el Perú. Llegaba a un reino que acababa de salir de una guerra civil entre españoles: las batallas de Las Salinas, Chupas y Jaquijahuana habían dejado una nobleza local agotada, rencorosa y armada, y una población indígena diezmada. El virrey que tomó posesión en Lima en 1551 tenía ya sesenta años, la salud quebrada y la experiencia de haber gobernado durante quince años un territorio que nunca terminó de entender.

Su paso por el Perú fue breve y duro. Reorganizó el cobro del tributo, contuvo a los supervivientes de las guerras civiles —los llamados contumaces— y trató de imponer un mínimo de orden fiscal a una sociedad que vivía del reparto de indios. No hubo tiempo para más. Murió en Lima el 21 de julio de 1552, con el virreinato a medio construir. Al año siguiente estalló la rebelión de Francisco Hernández Girón, que durante dos años puso en jaque al gobierno colonial y confirmó que el descontento que Mendoza había contenido seguía intacto bajo la superficie.

primer virrey de Nueva España

Capítulo VII: El códice que no llegó al rey

De todos sus papeles, el más célebre es el que nunca llegó a su destinatario. El Códice Mendoza viajaba hacia España para ser entregado a Carlos V cuando el barco cayó en manos de corsarios franceses. El manuscrito reapareció en la biblioteca del cosmógrafo André Thevet, pasó después por las manos de Richard Hakluyt y de Samuel Purchas, y terminó en la colección que el jurista John Selden legó a la Biblioteca Bodleiana de Oxford, donde sigue hoy, con los nombres de todos sus sucesivos dueños escritos en los folios.

Hay algo elocuente en ese itinerario. El primer virrey de América encargó un documento para explicar al rey qué era y cuánto valía su imperio; el documento se perdió por el camino y acabó convertido en pieza de gabinete europeo, consultado por anticuarios y filólogos mucho antes que por gobernantes. La monarquía que Mendoza sirvió durante veinte años nunca llegó a leerlo completo.

La figura del virrey, en cambio, le sobrevivió con creces. El oficio que él estrenó en 1535 se replicó después en Lima, en Santafé de Bogotá, en Buenos Aires y en Nápoles, y funcionó durante tres siglos con las mismas tensiones que él había ensayado: un noble lejos de su casa, una Audiencia que le vigilaba, un Consejo que le escribía cartas minuciosas y una sociedad local que aprendía a esquivarle. Antonio de Mendoza no fue el más brillante de los virreyes, ni el más afortunado. Fue el primero, que es otra manera de decir el que pagó la factura del invento.