El déficit fiscal de Brasil roza el 10% del PIB y Lula da Silva afronta su cuarto mandato con un Congreso dispuesto a no regalarle ningún ajuste. Es el titular que dejaron ayer las urnas y el que hoy miran con lupa los inversores españoles con activos en el país.
Vamos por partes. Con el 81,18% de las mesas escrutadas, el candidato del PT superó los 51 millones de votos frente a Flávio Bolsonaro. La economía crece. El desempleo ronda el 5,4%. Y, sin embargo, las cuentas públicas se han convertido en el verdadero campo de batalla.
El cuarto mandato arranca con las cuentas en rojo
Los números que hereda el nuevo Gobierno no admiten una lectura amable. El déficit fiscal se sitúa en el 9,48% del PIB y la deuda pública alcanza el 82,9%, con previsión de cerrar el año en el 83%. Conviene compararlo: a finales de 2022, con Jair Bolsonaro dejando el poder, esa deuda estaba en el 71,7%. Son más de once puntos en cuatro años.
La inflación tampoco da tregua. En octubre se colocó en el 4,62%, frente al 4,22% de agosto, empujada por los alimentos y el transporte. El Selic —el tipo de referencia del Banco Central do Brasil— llegó al 15% para frenar la escalada, y eso encarece el crédito. La autoridad monetaria libra una batalla incómoda contra un Ejecutivo que necesita gastar.
Y aquí está la clave: el crecimiento. Entre 2023 y 2025, el PIB brasileño avanzó una media del 3% anual, más del doble que el 1,4% del periodo de Bolsonaro. El desempleo bajó a mínimos históricos y la tasa de empleo se situó en el 58,9% en agosto. Ese mismo mes, el indicador de actividad del banco central subió un 0,34%, por encima del 0,20% esperado.
El país que crece al 3% y roza el pleno empleo es el mismo que arrastra un déficit del 9,48% del PIB.
El frente exterior aguanta. Brasil registró un superávit comercial de 7.740 millones de dólares en septiembre, un 146,4% más que un año antes y por encima de las previsiones. El petróleo crudo encabeza las exportaciones, seguido de la soja, el hierro y el café.
¿Por qué importa todo esto fuera de Brasil? Porque el ajuste que viene no depende solo de Lula. Depende de un Congreso fragmentado donde el centrão —el bloque de partidos de centro que negocia apoyo a cambio de presupuesto— tiene la llave. Sin su firma, ningún plan de recorte sale adelante.
Qué se juega España con el Brasil de Lula

España tiene allí una posición que pocos países pueden igualar. Santander controla uno de los mayores bancos privados del país, Santander Brasil, y esa filial aporta una parte relevante del beneficio del grupo en mercados emergentes. Iberdrola canaliza su negocio brasileño a través de Neoenergia, con distribución eléctrica y renovables. Y Telefónica mantiene el control de Vivo, el primer operador móvil del mercado.
El canal financiero es el más sensible. Con la deuda cerca del 83% del PIB y el precio del dinero en máximos, el coste de financiación se traslada a las filiales. BBVA, que salió del negocio minorista brasileño hace más de dos décadas con la venta de su filial a Bradesco, conserva exposición a través de corporativo y mercados. Menos volumen, mismo termómetro.
Conviene recordar que Brasil no es un mercado cualquiera para la empresa española. Es la puerta grande de América Latina y, sobretodo, uno de los pocos mercados donde la banca aún puede crecer con márgenes. Un ajuste creíble rebajaría la prima de riesgo brasileña, abarataría la financiación y daría aire a las inversiones pendientes. Un ajuste fallido haría justo lo contrario.
Por si fuera poco, el calendario aprieta. Lula toma posesión el 1 de enero de 2027 y el presupuesto ya está encorsetado por el marco fiscal aprobado en 2023, que limita el crecimiento del gasto. Cualquier cambio de reglas exige mayoría parlamentaria. Y esa mayoría, hoy, no está garantizada.
El precedente que debería quitar el sueño a Brasilia
Quien haya seguido la historia económica brasileña reconoce el guion. En 2015, tras años de expansión del gasto y con Dilma Rousseff en el Planalto, el país perdió el grado de inversión —la nota mínima que exigen los grandes fondos para comprar deuda— y entró en una recesión de la que tardó dos años en salir. La factura la pagaron las empresas extranjeras, las españolas entre ellas, con provisiones en sus filiales.
Hay una diferencia sustancial. Entonces la economía se contraía; ahora crece, exporta y da empleo. Según el Fondo Monetario Internacional, Brasil será la octava economía del mundo en 2027, con 2,8 billones de dólares de PIB, por delante de Italia y Rusia. Ese colchón es real. Pero no corrige un déficit del 9,48%.
Lo que toca vigilar tiene nombre propio: el plan de ajuste que el nuevo Gobierno presente al Congreso, la trayectoria del Selic y la reacción de las agencias de calificación. Las tres cosas llegan a Madrid antes o después, vía resultados, vía dividendo o vía coste de financiación. La historia brasileña siempre acaba facturando a quien tiene activos allí.
📌 Ficha del Caso
- Ficha sobre el caso: Lula da Silva gana su cuarto mandato con la economía creciendo y el paro en mínimos, pero con las cuentas públicas desbordadas y un Congreso fragmentado.
- Datos importantes: Déficit fiscal del 9,48% del PIB, deuda del 82,9% (83% previsto a cierre), inflación del 4,62% en octubre y Selic en el 15%. La deuda era del 71,7% a finales de 2022.
- Resumen: Santander, Iberdrola y Telefónica tienen activos estratégicos en Brasil; un ajuste fallido encarecería su financiación y golpearía sus resultados.

