Israel vota en las elecciones 2026 con Netanyahu jugándose su coalición y su defensa

Las encuestas dan a Gadi Eisenkot una ventaja estrecha de tres escaños sobre el Likud, pero ninguno de los dos bloques alcanza los 61 diputados. La negociación con los partidos ultraortodoxos decidirá quién gobierna y con qué política de defensa.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Israel acude a las urnas este martes con la continuidad de Benjamin Netanyahu en juego tras casi cuatro años de guerra, protestas y un juicio por corrupción abierto.
  • ¿Quién está detrás? El primer ministro Netanyahu (Likud) frente al exjefe del Estado Mayor Gadi Eisenkot (Yashar), con Naftali Bennett y Yair Lapid como terceros en discordia.
  • ¿Qué impacto tiene? El resultado condicionará la política de defensa israelí, la relación con Washington y la temperatura del Mediterráneo oriental, con efecto directo en la energía y en la seguridad del flanco sur europeo.

Las elecciones de Israel 2026 se votan mañana, martes 27 de octubre, con Benjamin Netanyahu jugándose su coalición y el relato de su guerra. Lo que se decide en las urnas no es solo quién gobierna: es qué política de defensa aplicará durante los próximos años un país en armas cuya estabilidad mueve el Mediterráneo y el precio de la energía que paga España.

El plebiscito que Israel vota mañana: del 7-O al banquillo

Israel llega a las urnas tras casi cuatro años de coalición de Netanyahu, una legislatura atravesada por el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 —unos 1.200 muertos y 250 secuestrados—, la ofensiva posterior sobre Gaza —más de 74.000 muertos según el Ministerio de Sanidad gazatí, controlado por Hamás—, las protestas masivas contra la reforma judicial, y un juicio por corrupción que sigue abierto. La oposición ha convertido la cita en un plebiscito sobre la responsabilidad del primer ministro en el fallo de seguridad más grave de la historia del país.

Los números no resuelven la duda. El promedio de cuatro sondeos que publicó el Jerusalem Post el 21 de octubre sitúa al centrista Yashar, el partido de Gadi Eisenkot, en 22,5 escaños frente a los 19,75 del Likud. La ventaja existe, pero es estrecha: en un sistema proporcional puro —120 diputados en el Knesset y umbral de entrada del 3,25%— tres asientos de diferencia no garantizan nada. Ni el bloque del primer ministro ni la oposición suman con holgura los 61 escaños que dan la mayoría. La cuenta no sale.

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El rival a batir es un exjefe del Estado Mayor, el teniente general Gadi Eisenkot, que el domingo cerró campaña en Tel Aviv con un mensaje dirigido al votante tradicional del Likud. ‘Cualquiera que piense que nuestro Israel puede sobrevivir otros cuatro años como estos vive en un error peligroso’, dijo, según recogió The Times of Israel. Eisenkot no discute la guerra. Discute quién la dirige y quién responde por el 7-O.

A eso se suma el desgaste doméstico. La exención del servicio militar para los ultraortodoxos, avalada por los partidos religiosos pese a un fallo del Tribunal Supremo en 2024, irrita a una sociedad que lleva años movilizada. El IVA subió al 18% en 2025, la vivienda y los alimentos se han encarecido y el gasto en defensa se come cada vez más del presupuesto. Miles de personas volvieron a manifestarse el sábado en la Plaza de los Rehenes de Tel Aviv para exigir una comisión de investigación independiente. El enfado tiene base.

Sin embargo, el terreno donde las elecciones se juegan de verdad la política de defensa no aparece en los carteles. Ninguno de los grandes aspirantes —Eisenkot, Naftali Bennett, Yair Lapid— ha hecho de la creación de un Estado palestino un compromiso central. Todos comparten la doctrina de superioridad militar, la vigilancia sobre Irán y el control de seguridad sobre Cisjordania. Cambiar de líder no equivale a cambiar de rumbo.

En Israel cambia el inquilino de la residencia oficial, no la doctrina: la superioridad militar y la mirada a Irán sobreviven a cualquier coalición.

La operación contra Irán que Netanyahu quiso cerrar antes del voto

La campaña ha dejado un episodio que explica mejor que cualquier mitin el estado de las relaciones civiles-militares. El canal 12 informó de un choque entre Netanyahu y el jefe del Estado Mayor, Eyal Zamir, a propósito de una operación militar propuesta. El exministro de Defensa Avigdor Liberman exigió una investigación criminal por presunta traición y cargó contra el primer ministro: ‘Este hombre se ha ido de los carriles’, dijo el lunes. La oficina de Netanyahu desmintió el enfrentamiento y no se ha acreditado irregularidad penal alguna.

El otro frente es Washington. Según CNN, que cita fuentes estadounidenses e israelíes, Netanyahu no logró convencer a Donald Trump de lanzar ataques contra Irán antes de la cita electoral. La operación habría quedado aplazada, posiblemente hasta después de las elecciones de medio mandato del 3 de noviembre. La oficina del primer ministro rechazó esa versión. La lectura es incómoda para ambos: Netanyahu necesitaba el conflicto como salvavidas y Trump no quiere abrir un tercer frente antes de sus propias urnas. El calendario manda.

Netanyahu elecciones

Equilibrio de Poder

El eje Washington-Moscú-Bruselas lee estas elecciones con intereses distintos. La Casa Blanca prefiere un socio predecible en Jerusalén y, sobre todo, no verse arrastrada a una escalada con Teherán en plena resaca electoral. El Kremlin gana con cualquier distracción: cada semana en que Estados Unidos mira a Oriente Próximo es una semana en que Ucrania recibe menos atención y el petróleo sube, lo que engorda su caja. Bruselas, dividida entre los socios que mantienen el acuerdo de asociación con Israel y los que exigen suspenderlo, espera el veredicto como quien aguarda una sentencia ajena.

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El contexto legal tampoco ayuda. La comisión de investigación de la ONU concluyó en septiembre de 2025 que Israel había cometido genocidio en Gaza, una acusación que Jerusalén rechaza de plano. La Corte Penal Internacional mantiene órdenes de detención contra Netanyahu y su antiguo ministro de Defensa por presuntos crímenes de guerra, lo que limita los viajes del primer ministro y complica cualquier normalización diplomática. Los candidatos pueden discutir el liderazgo sin tocar la política que produce esas acusaciones.

¿Y qué cambia esto para España? Más de lo que parece. Un gobierno israelí sin Netanyahu no alterará la doctrina militar, pero puede mover el tono de una relación bilateral que está en mínimos desde el reconocimiento español del Estado palestino en mayo de 2024. La frontera sur absorbe el riesgo inmediato: Rabat sigue con lupa cualquier reconfiguración del eje israelí que sostiene la normalización con Marruecos desde 2020, mientras el Sahel y la inmigración dependen de una estabilidad regional que el Mediterráneo oriental puede alterar.

Y España mantiene más de 600 militares en la misión de la ONU en Líbano, en una frontera que se calienta cada vez que Israel y Hizbulá se cruzan. A ello se suma el precio del crudo: cada punto que sube el Brent por una escalada con Irán encarece la factura energética española en cientos de millones de euros al año, un coste que llega antes a los hogares que cualquier discurso sobre doctrina. La industria de defensa nacional, que compra sistemas israelíes para varios programas, también mira quién firma los contratos a partir de 2027.

La historia reciente invita a la prudencia. En 2021 una coalición heterogénea —Bennett, Lapid y una lista árabe— desalojó a Netanyahu durante 18 meses antes de derrumbarse. Aquel experimento demostró dos cosas: que el sistema aguanta mayorías improbables y que la política exterior apenas se movió. Si mañana sale un gobierno sin Netanyahu, lo más probable es que Israel siga tratando Irán con la misma lógica de anticipación y Cisjordania con la misma lógica de control.

La gran incógnita a cinco años no es el nombre del primer ministro, sino si la derecha israelí, cada vez más dura entre los votantes jóvenes, aceptará alguna vez un Estado palestino viable. Nada en esta campaña sugiere que sí. Y sin ese giro, el cambio en Jerusalén será cosmético para Bruselas, para El Cairo y para Madrid.

La próxima cita no está en las urnas. El presidente israelí consultará a los líderes de los partidos y encargará la formación de gobierno al diputado con más opciones; las negociaciones con los partidos ultraortodoxos —que exigen mantener la exención del servicio militar y más dinero para la educación religiosa— pueden durar semanas. Si nadie logra los 61 escaños, Israel volverá a votar. Mientras tanto, en Bruselas, la revisión del acuerdo de asociación UE-Israel seguirá esperando a saber con quién negocia.