El PIB francés cayó un 0,1% entre julio y septiembre y Francia encadena ya tres trimestres sin crecer. El dato, publicado este viernes por el Insee, confirma lo que el propio Gobierno admite en televisión: la segunda economía de la eurozona está parada.
La secuencia no deja margen a la interpretación. Del -0,2% del primer trimestre se pasó al estancamiento del segundo y de ahí a la contracción del tercero. Francia no ha registrado crecimiento en lo que va de año. Un cuarto trimestre plano bastaría para certificar la recesión técnica que la mayoría de las casas de análisis anticipa; uno en negativo la haría oficial.
A eso se suma el precio. La inflación se aceleró hasta el 3,4% interanual en octubre, frente al 3,1% de septiembre, su nivel más alto desde enero de 2024, según el mismo organismo. Actividad en contracción y precios al alza al mismo tiempo: el peor cruce posible para un Ejecutivo sin mayoría parlamentaria y con el clima social encendido, en vísperas de una nueva jornada de movilización nacional contra la carestía de la vida.
Los mercados llevan semanas emitiendo su propio veredicto. El rendimiento de la deuda francesa a diez años superó el 5% la semana pasada y este viernes se sitúa en el 4,9%, 17 puntos básicos por debajo del máximo del 22 de octubre. El diferencial con el bono alemán —la prima que exige el inversor por prestar a París en lugar de a Berlín— ronda los 1,55 puntos. No es un susto de una tarde.
El presupuesto de 2027 o el artículo 49.3

El ministro de Economía y Finanzas, Roland Lescure, describió este viernes en Franceinfo una economía ‘paralizada’ y advirtió de que el país ‘irá contra el muro’ si no saca adelante el presupuesto de ajuste de 2027.
Sin mayoría en la Asamblea Nacional, el Ejecutivo maneja dos atajos: el artículo 49.3 de la Constitución, que permite adoptar un texto sin voto salvo moción de censura, o las ordenanzas, un procedimiento que nunca se ha utilizado para aprobar un presupuesto desde 1958. Ambos resuelven el trámite. Ninguno resuelve la credibilidad.
Francia no afronta un mal trimestre: afronta la factura acumulada de años gastando sin decidir de dónde sale el dinero.
La lectura de los economistas coincide en el diagnóstico de fondo. Jérôme Mathis, profesor en Paris-Dauphine, sostiene que un presupuesto no relanzará la actividad ‘por un supuesto efecto palanca’ y que el ajuste, de hecho, tiende a lastrar el crecimiento a corto plazo. El riesgo real, añade, ‘no es la ausencia de presupuesto’ sino ‘la ausencia de visibilidad sobre la trayectoria de las finanzas públicas’.
Desde BCA Research, Jérémie Peloso sitúa a Francia al borde de una recesión técnica en los próximos trimestres y recuerda que el escenario ya era concebible antes del desplome del mercado de bonos. La nota que firma para sus clientes apunta otro detalle revelador: la reunión del BCE del jueves transcurrió sin sorpresas, pero Christine Lagarde se negó a comentar la situación francesa. Sin comentarios. En Fráncfort, el silencio también es un mensaje.
El Eje del Poder Europeo
París afronta esta coyuntura sin la muleta de Berlín. El eje franco-alemán funciona estos meses a medio gas y Alemania, con su propio presupuesto bajo tensión y un motor industrial que no arranca, no está en condiciones de dar lecciones de disciplina. Los frugales del norte —Países Bajos, Austria, Dinamarca— observan el caso francés con la libreta abierta: si el segundo país del euro no aprueba sus cuentas, exigirán más garantías a cualquier instrumento común que se ponga sobre la mesa.
En Bruselas la conclusión es incómoda para todos. Francia está sometida al procedimiento de déficit excesivo —la vía que abre la Comisión cuando un Estado supera el 3% de déficit y que le obliga a una senda de ajuste supervisada— y su incapacidad para cerrar un presupuesto erosiona la credibilidad del marco fiscal que la UE acaba de estrenar. El precedente de 2011-2012 sirve de advertencia: entonces el diferencial francés medía el miedo a la ruptura del euro; hoy mide la duda sobre si la segunda economía del bloque puede financiarse a precio razonable con un Parlamento que no vota sus cuentas.
Para España, el contagio llega por dos vías. La primera es comercial: Francia es el primer cliente de las exportaciones españolas, por delante de Alemania, y una demanda interna congelada se traslada con dos o tres trimestres de retraso a la automoción, los bienes de equipo y la alimentación. La segunda es política. Moncloa necesita que Bruselas lea con manga ancha la regla de gasto (el límite anual que la Comisión impone al aumento del gasto público nacional) y que París empuje en esa dirección; una Francia sin credibilidad presupuestaria es un socio mucho menos útil en el Consejo. El crecimiento español, todavía por encima de la media de la eurozona, permite exhibir datos, pero no sustituye a los aliados.
La lectura a cinco años es la que de verdad importa. Si la segunda economía del euro no demuestra capacidad para reducir su déficit, el debate sobre nuevos recursos propios, sobre un activo seguro común o sobre financiación conjunta de defensa —agenda en la que España tiene mucho que ganar— se enfría solo. Y no porque Berlín lo impida, sino porque nadie mutualiza deuda con un socio que no aprueba sus presupuestos. Las cuentas no salen.
El riesgo inmediato es de calendario: el presupuesto debe estar aprobado antes del 31 de diciembre y, si sale por decreto, los mercados lo leerán como un parche. La contradicción de fondo es otra: el ajuste que exige Bruselas es el mismo que frena el crecimiento llamado a sostener la deuda. Es la trampa en la que ya cayeron Grecia en 2010 y Portugal en 2011 con menor tamaño y menos margen de negociación.
El próximo examen será el paquete fiscal de otoño de la Comisión y la ronda de reuniones del Eurogrupo; después llegará el turno de las agencias de calificación. Hasta entonces, París vive instalada en la pregunta que nadie quiere responder en voz alta: cuánto tiempo puede funcionar una economía de este tamaño sin presupuesto aprobado y sin una mayoría que lo defienda.

