Celanova ha acogido la tercera edición de las medallas Ecclesia, que premian la labor silenciosa de los feligreses de las parroquias de Ourense.
Ochenta años de llaves y un coro que sostiene la memoria
El auditorio municipal de Celanova volvió a convertirse en el salón de actos de la Diócesis de Ourense. Hasta allí se desplazaron sacristanes, catequistas, mujeres que atienden a los sacerdotes recién llegados y vecinos que llevan medio siglo abriendo y cerrando templos. La Comisión Diocesana para el Sostenimiento de la Iglesia quiso distinguir precisamente eso: la fe que se sostiene en turnos de llaves y listas de firmas. Nada de grandes discursos. Gente de pueblo.
Antonio Zúñiga, sacristán de Lobeira, suma ochenta años en el cargo. Ochenta. El dato sobrecoge incluso en una diócesis acostumbrada a las carreras largas, y la organización lo acompañó de una descripción que vale más que cualquier currículum: haber ayudado a solucionar problemas sin decir nada a nadie. En la misma categoría aparecieron Carmen Álvarez, Celsa Yáñez y Dolores Seoane, sacristanas de la Unidad de Acción Pastoral de Celanova, pendientes de la asistencia de los parroquianos, y de sus necesidades.
La tercera edición también miró hacia tareas menos visibles. Una profesora de religión de Celanova que ejerce además de catequista con los jóvenes y una feligresa que acompaña a los sacerdotes nuevos cuando aterrizan en el territorio. Beatriz Mosquera y Delfina Vázquez fueron reconocidas como seglares que construyen historia y vida de su Iglesia local. Los perfiles que sostienen la parroquia cuando no llega el cura.
El patrimonio material e inmaterial tuvo su espacio. El Coro de Entrimo, formado por cinco parroquias de Entrimo y Lobios, mantiene vivas piezas religiosas tradicionales de la zona, como los Gozos a San Roque. Juan Bande, presidente de la Asociación Amigos do Patrimonio Relixioso de Ribadavia, fue premiado por su papel en la restauración del altar de Santo Domingo.
En el rural ourensano, la parroquia sigue siendo la última institución que abre todos los días del año.
Hubo también un premio al acompañamiento: María Luisa Álvarez y Enrique Calviño, feligreses de Fátima, fueron reconocidos por su trabajo con matrimonios en crisis. Y un gesto que cruzó fronteras. La parroquia alemana de Herz Marie, en Bochum, envió a la Vera Cruz de O Carballiño un relicario con un lignum crucis y otros ornamentos para el culto. La diócesis premia lo que sostiene el día a día, no lo que sale en los periódicos.
Una diócesis que envejece y unas parroquias que aguantan
La fotografía de los premiados describe el mapa ourensano mejor que cualquier estadística. Sacristanes octogenarios, matrimonios que asumen funciones que antes correspondían al clero, seglares que hacen de enlace entre el obispado y el pueblo. La Comisión Diocesana lo resumió en una idea: los galardonados encarnan una profunda vida de fe, alimentada por la fidelidad y la oración diaria. La corresponsabilidad no es aquí una palabra de despacho: es la única forma de que un templo abra el domingo.
Ourense pierde vecinos cada año y su pirámide de edad está entre las más envejecidas de Galicia. En municipios donde el comercio cerró y la administración atiende con cita previa, la parroquia sigue funcionando como punto de encuentro, de aviso y de auxilio. De ahí que el acto de Celanova tuviera más de reconocimiento civil que de liturgia: lo que se premia no es solo la fe, es la permanencia. Y la permanencia, en el rural, es un servicio público de hecho.

El Laboratorio Gallego
La red parroquial no aparece casi nunca en los grandes debates del Parlamento de Galicia (la cámara legislativa unicameral gallega, con 75 deputados), y sin embargo condiciona la vida cotidiana de miles de vecinos. El PPdeG gobierna la Xunta con mayoría absoluta desde 2009, el BNG ejerce como primera fuerza de la oposición y el PSdeG completa el hemiciclo. Ninguno de los tres ha convertido la red parroquial en objeto de confrontación, y no por falta de interés: por exceso de sentido común.
La lectura nacional está en otra parte. Lo que ocurre en Celanova se parece mucho a lo que ocurre en Teruel, en Soria o en la montaña de León: la Iglesia ha pasado de administrar sacramentos a administrar cuidados. La parroquia es la última ventanilla que no cierra por la tarde. En Madrid ese fenómeno se mira con interés creciente, porque el debate sobre despoblación y servicios sociales se topa siempre con la misma pregunta: quién cubre el último kilómetro cuando la administración no llega.
La proyección inmediata es diocesana. La cuarta edición de las medallas Ecclesia queda por convocar y dependerá de la Comisión Diocesana para el Sostenimiento de la Iglesia, la misma que sostiene la campaña anual de financiación. Mientras tanto, las unidades de acción pastoral seguirán agrupando parroquias a medida que se jubilan los párrocos: el modelo que estos premios celebran no es una nostalgia, es la estructura que ya está funcionando. Y en un territorio que envejece, la pregunta de quién releva al sacristán de ochenta años no es retórica.
Ficha del Caso
- El caso: Celanova acogió la tercera edición de las medallas Ecclesia, con las que la Diócesis de Ourense reconoce a los feligreses que sostienen sus parroquias.
- Datos importantes: Tercera edición del galardón; ochenta años de sacristía de Antonio Zúñiga en Lobeira; cinco parroquias de Entrimo y Lobios en el Coro de Entrimo; un relicario enviado desde Bochum a O Carballiño.
- Resumen: El premio retrata una red parroquial que presta servicios en el rural ourensano y anticipa el debate nacional sobre despoblación y cuidados.

