La regulación de la publicidad alimentaria dirigida a los más pequeños lleva años estancada en promesas y borradores. Esta semana, el Congreso ha dado un paso firme para cambiar esa realidad.
La Comisión de Consumo aprobó ayer una proposición no de ley que obligará a incluir sellos de advertencia nutricional en los envases de productos insanos y prohibirá la venta de bebidas energéticas a menores de 16 años. La medida, impulsada por Sumar y respaldada por el PP tras una enmienda transaccional, salió adelante con 32 votos a favor, 4 en contra y una sola abstención.
El ministro de Consumo, Pablo Bustinduy, defendió la necesidad de “proteger a los niños de la publicidad de los alimentos insanos” y vincular la iniciativa con el reciente Real Decreto de Comedores Escolares. La intención es clara: la prevención de la obesidad infantil empieza por lo que ven los menores en la tele, en YouTube o en los lineales del súper.
El ‘sello chileno’ que lo cambia todo
El corazón de la propuesta es un sistema de advertencias frontales inspirado en el modelo que Chile implantó en 2016. Conocido popularmente como sello chileno, obliga a los fabricantes a colocar octágonos negros con texto blanco que alerten cuando un producto supera los límites de calorías, azúcares, grasas saturadas o sal fijados por la OMS.
La diferencia con los semáforos nutricionales o los Códigos Nutri-Score que ya vemos en Europa es la rotundidad del mensaje. Un octágono negro no admite matices: “Alto en azúcares” se entiende en medio segundo, justo lo que tarda un padre en tomar una decisión de compra con un niño tirándole del carrito.
La evidencia internacional respalda que los sellos octogonales reducen hasta un 25% la compra de productos insanos en hogares con menores.
La PNL aprobada exige a productores, distribuidores e importadores que incorporen estos sellos tanto en el envase como en cualquier soporte publicitario, ya sea un anuncio de televisión o una promoción en redes sociales.
Adiós a las bebidas energéticas para los menores
El otro gran pilar de la iniciativa es la prohibición de vender y suministrar bebidas energéticas a menores de 16 años. La norma va más lejos con aquellas que contengan una concentración igual o superior a 32 mg de cafeína por cada 100 ml: quedarán vetadas hasta los 18 años.
Desde hace tiempo, los pediatras advertían de que un botellín de 250 ml puede aportar más cafeína que dos cafés solos, y que su consumo regular se asocia con alteraciones del sueño, ansiedad y problemas cardiovasculares en adolescentes. La medida intenta atajar un hábito que afecta ya al 30% de los jóvenes españoles, según los últimos datos del Plan Nacional sobre Drogas.
Un pacto con matices políticos
La aprobación no fue un camino de rosas. La enmienda del Partido Popular eliminó del texto original la creación de una “infraestructura pública de distribución” de alimentos saludables. La diputada popular María del Mar Vázquez defendió “trabajar junto con las comunidades autónomas, las entidades locales y el sector alimentario” para facilitar el acceso a productos frescos sin crear nuevas estructuras.
El ponente de Sumar, Félix Alonso, aceptó el recorte para asegurar los 32 votos necesarios y evitar que la iniciativa volviera a dormir el sueño de los justos. Al final, solo cuatro votos en contra —de los grupos que consideran la medida intervencionista— y una abstención.
La pelota está ahora en el tejado del Gobierno. La proposición no de ley no tiene carácter vinculante, pero Bustinduy ya ha anunciado que prepara un real decreto para desarrollar estas medidas antes de que termine 2026. Si se cumple el calendario, España se sumará al puñado de países europeos que han copiado el modelo chileno, entre ellos Hungría y, parcialmente, Francia.
El éxito final dependerá de la letra pequeña. La industria alimentaria ya ha movido ficha a través de FIAB (Federación de Industrias de Alimentación y Bebidas) para suavizar el diseño de los sellos y limitar las restricciones publicitarias solo a los canales infantiles. La batalla entre salud pública e intereses comerciales no ha hecho más que empezar.
