Europa ya no discute si rearmarse, sino cómo pagarlo, bajo quién manda y a costa de qué. En los últimos meses, el debate ha abandonado los despachos de los think tanks para instalarse en las salas del Consejo y en los seminarios del Parlamento Europeo, donde esta misma semana infoLibre ha podido constatar un consenso insólito: el rearme es inevitable. Pero la unanimidad se quiebra en cuanto se abordan las cifras, la estructura de mando y el reparto de la carga financiera.
De la estrategia a la chequera: la factura del rearme
La Comisión Europea baraja un incremento del gasto en defensa de hasta un 3% del PIB comunitario en la próxima década, según los documentos de trabajo que circulan entre los Estados miembros. Esa horquilla, que duplica el actual techo informal del 2% fijado en la OTAN, obligaría a movilizar entre 600.000 y 800.000 millones de euros adicionales, una cantidad que desborda los márgenes del presupuesto europeo y de las arcas nacionales de la mayoría de socios. La pregunta ya no es si habrá que endeudarse, sino con qué instrumento: los bonos de defensa conjuntos —al estilo de los fondos Next Generation— ganan adeptos en París y en las cancillerías del sur, pero chocan con el muro de los países frugales, que ven en ellos la antesala de una mutualización de deuda que Berlín no está dispuesto a aceptar sin condiciones draconianas.
¿Quién manda aquí? La tensión entre Bruselas, la OTAN y las capitales
El otro gran campo de batalla es la arquitectura de mando. La OTAN sigue siendo el paraguas de seguridad para la mayoría de los socios, pero la Administración estadounidense —sea cual sea su color— ha dejado claro que el paraguas ya no es gratuito. La UE aspira a una autonomía estratégica que no implique duplicar capacidades, sino complementar a la Alianza Atlántica bajo un mando europeo creíble. Sin embargo, países como Polonia, los bálticos o la propia Dinamarca insisten en que la disuasión real solo puede venir del vínculo transatlántico y temen que la creación de un cuartel general europeo permanente erosione la confianza de Washington. Es el dilema de siempre con un precio mucho más alto.
El Eje del Poder Europeo
El debate sobre el rearme reactiva fracturas que la pandemia parecía haber amortiguado. París y Berlín vuelven a protagonizar un pulso que resume la geometría variable de la UE: Francia quiere un pilar militar europeo autónomo y está dispuesta a liderar la inversión industrial; Alemania, atrapada entre su cultura de frugalidad y la presión de sus aliados orientales, exige primero un control férreo del gasto nacional antes de abrir el grifo común. Mientras, los países del sur, con Italia y España a la cabeza, reclaman que el rearme no se financie a golpe de recortes en cohesión social o en transición verde, y sugieren que la deuda conjunta es inevitable para no quebrar las cuentas públicas.
Para España, el impacto es directo. El Gobierno de coalición ya ha advertido en el Eurogrupo que un salto del 1,2% actual al 2% del PIB en gasto militar comprometería los compromisos de déficit recién cerrados con Bruselas. Fuentes de Moncloa consultadas por esta redacción cifran en unos 12.000 millones de euros anuales el sobrecoste que supondría alcanzar ese umbral a medio plazo, una cantidad equivalente a la inversión prevista para el Plan de Recuperación en 2026. La oposición, por su parte, aprovecha la coyuntura para presionar al Ejecutivo y acusa al presidente de rehuir el debate en el Congreso.
La factura del rearme no se medirá en tanques, sino en las partidas de sanidad y educación que se quedarán sin financiación.
El precedente histórico es aleccionador: el rearme impulsado por la Guerra Fría en los años cincuenta asentó el Estado del bienestar en Europa occidental, pero entonces la factura la pagó en gran medida el Plan Marshall. Hoy no hay un pagador externo, y el BCE ya ha avisado de que los estímulos monetarios no pueden suplir la falta de voluntad política. Bruselas se enfrenta a un dilema que definirá su identidad durante la próxima década: o encontrar un mecanismo de financiación que no dinamite el pacto social, o asumir que la autonomía estratégica se conquista a costa de una fragmentación interna aún mayor. La próxima cumbre informal del Consejo Europeo, prevista para octubre de 2026, será la primera prueba de fuego para medir hasta dónde están dispuestos a llegar los Veintisiete.

