Manolete, el torero que murió en Linares tras la cornada de Islero

Islero, un toro de la ganadería de Miura, le seccionó la arteria femoral el 28 de agosto de 1947. La muerte de Manolete, a los treinta años, sumió a la España de posguerra en un duelo colectivo.

El albero de la plaza de toros de Linares ardía bajo el sol de la tarde del 28 de agosto de 1947. En el tendido, el público seguía en silencio los pases de Manolete, el torero más famoso de la España de posguerra. Frente a él, un toro de la ganadería de Miura llamado Islero. El diestro se perfiló para matar, se fue sobre el animal y, en el cruce, la cabeza del toro le alcanzó el muslo derecho. La cornada le seccionó la arteria femoral. Manolete ya no volvió a levantarse del albero.

Capítulo I: El toro de Miura

La ganadería de Miura gozaba, ya en 1947, de una fama que pocas podían igualar en España. En los corrillos taurinos se repetía que los toros de aquel hierro habían matado a más espadas que ningún otro encaste del país. Eran animales altos, huesudos, de cuerpo largo y cuello macizo, con una reserva de fuerza que no se agotaba en los dos primeros tercios de la lidia. Aguantaban el castigo de los picadores sin doblar las manos y llegaban a la muleta con la cara alta, buscando al torero. Ese era el problema: un toro que busca es un toro que mata.

Había quien decía que torear un Miura era la prueba definitiva de un matador, y había quien evitaba los carteles con aquel hierro como se evita una desgracia anunciada. Los Miura no regalaban nada: ni el primer tercio, ni el segundo, ni el tercero. Cuando un toro de esta ganadería salía por la puerta de chiqueros, los tendidos se ponían en tensión, porque todos sabían que aquello no era una tarde cualquiera.

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Los Miura pastaban en tierras de Sevilla desde mediados del siglo XIX. El hierro había pasado de padres a hijos, y con el hierro, la leyenda. Los aficionados veteranos recordaban a los matadores que habían caído frente a un toro de esta ganadería, y la lista no era corta. Aquella tarde de agosto, en Linares, la lista estaba a punto de crecer.

Capítulo II: El hombre grave de Córdoba

Manuel Laureano Rodríguez Sánchez había nacido en Córdoba el 4 de julio de 1917. Su padre había sido torero, sin gloria y sin fortuna, y el hijo heredó de él dos cosas: la afición y la seriedad. Manolete no era un torero de risas ni de desplantes. Debutó como novillero siendo un adolescente y tomó la alternativa en 1939, el mismo año en que terminó la Guerra Civil.

Le tocó torear, por tanto, en la España de la posguerra, cuando el país se recuperaba a duras penas de tres años de contienda y las plazas de toros eran uno de los pocos espectáculos de masas que seguían en pie. El hambre y el estraperlo convivían con las tardes de toros. Los aficionados buscaban en el ruedo una emoción que la vida diaria les negaba, y Manolete se la dio.

A comienzos de los años cuarenta se había convertido en el torero más taquillero de España. Sus corridas se anunciaban con semanas de antelación y las plazas se llenaban allí donde apareciera su nombre. La fama le llegó pronto y no le cambió el carácter: siguió siendo un hombre reservado, de pocas palabras, que se jugaba la vida cada tarde y después desaparecía sin hacer ruido.

Su estilo era la antítesis del alboroto. Citaba al toro de cerca, con los pies clavados en la arena, y ligaba los pases con una quietud que desconcertaba a los aficionados de la vieja escuela. Los cronistas hablaban de su «mando»: la capacidad de frenar al toro con la muleta y llevarlo por donde él quería, sin mover un pie de más. Un torero de Córdoba, grave y hierático, que toreaba como si cada pase fuera el último.

Manolete torero

Capítulo III: La tarde de Linares

En los años cuarenta, Manolete compartió cartel y rivalidad con Carlos Arruza, Luis Miguel Dominguín, Pepe Luis Vázquez y Antonio Bienvenida. Todos tenían virtudes distintas y todos reconocían la suya: Manolete mandaba sobre el toro como nadie. No era el más vistoso de aquella generación de figuras, pero sí el que mejor sabía llevar al animal por donde quería, con la muleta baja y los pies quietos. Y por eso llenaba las plazas.

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Por entonces mantenía una relación con la actriz Lupe Sino, una presencia constante en sus últimos años. La pareja no era del agrado de la familia del torero, y menos aún de una España que miraba con recelo a las artistas de cine y a las relaciones sin bendecir. Manolete, que apenas hablaba de su vida privada, siguió adelante con ella hasta el final.

Linares, en la provincia de Jaén, celebraba por entonces su feria de agosto. La corrida del 28 de agosto de 1947 anunciaba un cartel de relumbrón: Manolete, Luis Miguel Dominguín —el torero joven que empezaba a disputarle el trono— y Gitanillo de Triana. Los toros, seis, de la ganadería de Miura. Las localidades se habían agotado días antes.

Manolete había toreado ya varios toros aquella tarde. Llegó el turno del que llevaba el nombre de Islero grabado a fuego en el hierro del costado. El toro salió al ruedo con la cara alta y la mirada larga, y desde los primeros muletazos quedó claro que no era un animal de trámite. Manolete lo citó, lo llevó, lo templó. Después se perfiló para matar.

Se fue sobre el toro con la espada. En el cruce, el momento en que el torero pasa por encima del animal para dejar el estoque, Islero levantó la cabeza y le prendió en el muslo derecho. El pitón entró hondo, desgarró los tejidos y seccionó la arteria femoral. Manolete quedó tendido en la arena. La sangre brotaba a borbotones.

Manolete torero

Capítulo IV: La agonía y la muerte

No murió en la plaza. Sus hombres lo sacaron del ruedo y lo llevaron a la enfermería del coso, y desde allí a un hospital de Linares. Los médicos se encontraron con una herida de las que no perdonan: la arteria femoral es el conducto por el que pasa toda la sangre que riega la pierna, y cuando se rompe, el organismo se vacía en minutos. Le operaron. Le pusieron transfusiones. Durante unas horas, alguien llegó a pensar que podía salvarse.

No se salvó. Manolete había perdido demasiada sangre y entró en un estado de shock del que los cirujanos no supieron sacarlo. Murió en la madrugada del 29 de agosto de 1947, pocas horas después de haber salido al ruedo. Tenía treinta años y una fama que en España no tenía rival.

Capítulo V: El duelo de un país

La noticia se propagó por España con la velocidad de la radio, y al día siguiente los periódicos llenaron sus primeras planas con el mismo nombre. Manolete no era solo un torero: era el torero. El hombre que había llenado las plazas de la posguerra, el que había dado a los aficionados una razón para volver a los tendidos, el que había convertido el toreo grave y cordobés en un espectáculo de masas. Su muerte dejó al país atónito.

El cuerpo del diestro fue trasladado a Córdoba, su ciudad natal. Allí recibió sepultura en medio de una multitud que las crónicas de la época describieron con asombro. Las crónicas de aquellos días hablan de un gentío enorme y de una ciudad entera volcada con el torero que había llevado su nombre por las plazas de España. Córdoba, que ya había dado al toreo figuras como Lagartijo, Guerrita y Machaquito, enterraba a su torero más famoso.

En las ciudades y en los pueblos, la gente comentó durante días los detalles de la cornada. Los aficionados repitieron la misma frase: que Manolete había muerto como había vivido, yendo sobre el toro hasta el último instante. La España de 1947, acostumbrada a las malas noticias, se detuvo ante una que no esperaba.

Manolete torero

Capítulo VI: La sombra del torero

De Manolete quedó un pase con su nombre, la manoletina, y una manera de estar en el ruedo que sus sucesores imitaron o rechazaron, pero nunca ignoraron. Quedó también una fecha, el 28 de agosto de 1947, y un escenario, la plaza de Linares, y un toro, Islero, cuyo nombre aprendieron de memoria varias generaciones de aficionados. Su recuerdo sigue vivo en Córdoba y en Linares, y su nombre aparece en los libros de historia del toreo junto a los de Lagartijo, Guerrita y Machaquito, la línea de los grandes toreros cordobeses.

La muerte de Manolete cerró un ciclo de la tauromaquia de posguerra y abrió otro. Los toreros que vinieron después tuvieron que medirse con su sombra, y muchos lo hicieron a la contra: frente a la quietud del cordobés, impusieron la velocidad, el adorno y el riesgo. Pero el público siguió recordando al hombre que toreaba con los pies clavados en la arena, como si el mundo pudiera esperar.

Han pasado casi ochenta años de aquel 28 de agosto. Su tumba en Córdoba sigue recibiendo flores; en Linares, la plaza guarda el recuerdo de la tarde en que un toro de Miura cambió la historia del toreo. Islero, el animal que le quitó la vida, pesa mas en la memoria que muchos toreros que han llenado plazas enteras. La razón es sencilla: a Manolete no lo mató la mala suerte, sino la manera de torear que lo había hecho famoso. Se fue sobre el toro hasta el final. Y el toro, esta vez, llegó antes.