‘El ensayo y error puede matarte. La IA te da precisión.’ La frase, recogida por la investigadora Antonia Juelich de la Universidad de Cambridge en decenas de horas de entrevistas con excombatientes, abre una ventana a una realidad incómoda: Boko Haram y otros grupos terroristas ya utilizan la inteligencia artificial generativa como herramienta diaria para planear ataques y evadir controles de seguridad. El hallazgo, adelantado por el Washington Examiner, sacude los cimientos de la lucha antiterrorista y pone en evidencia una brecha de inteligencia que los servicios occidentales apenas empiezan a dimensionar.
Las conversaciones, mantenidas en 2025 y 2026, muestran que la adopción de modelos como los de OpenAI o Anthropic no es una excentricidad tecnológica sino una rutina operativa. Los militantes recurren a la IA para resolver problemas logísticos, elegir blancos o sortear las salvaguardas que las propias compañías han diseñado. ‘La mala utilización de la IA por parte de grupos terroristas ya no es una amenaza hipotética futura, sino una realidad presente y creciente’, advierte Juelich.
Una investigación desde el terreno: la IA como ‘asistente operativo’
Juelich, cuyo trabajo se aleja de los escenarios catastróficos que dominan el debate público —armas biológicas fabricadas con IA, ciberataques masivos—, describe un uso mucho más pedestre, y por ello más difícil de rastrear. ‘Hablamos de un asistente operativo que resuelve dudas cotidianas, soluciona contratiempos y mejora las capacidades que ya tenían’, explica. En otras palabras, la IA se ha convertido en un miembro silencioso de la célula.
Uno de los aspectos más sorprendentes para la investigadora es la rapidez y la sistematicidad con la que Boko Haram ha integrado la tecnología. Los exmiembros relataron cómo, una vez que un primer recluta aprendió a eludir los filtros de seguridad, la práctica se viralizó en la organización. Las herramientas de IA, que las grandes tecnológicas diseñan con capas de restricciones, acaban siendo tan ubicuas como un smartphone en manos de un adolescente.
El rompecabezas de la inteligencia: Washington busca una salida
Rebecca Hersman, experta en seguridad nacional que ha propuesto la creación de un centro de fusión de amenazas con IA, subraya al Washington Examiner el problema de fondo: la información crítica está repartida entre agencias gubernamentales, empresas tecnológicas e investigadores independientes. ‘Lo que no tenemos es una forma de unir todo eso de manera segura’, afirma. El resultado es un mapa incompleto que los terroristas explotan.
El centro que plantea Hersman permitiría que funcionarios con autorización de seguridad y representantes designados de las compañías de IA compartieran datos sensibles sin exponer fuentes clasificadas ni secretos industriales. La meta es generar evaluaciones de riesgo informadas y detectar patrones de uso antes de que deriven en capacidades más peligrosas. De hecho, una segunda lectura de la investigación de Juelich, insiste Hersman, muestra que las organizaciones extremistas aprovechan la IA más para tareas mundanas —vigilancia, selección de blancos, guías básicas de fabricación de explosivos— que para el armamento futurista que tanto temen los think tanks.
La IA ya no es un lujo estratégico para el yihadismo: es una herramienta de oficina que resuelve el día a día de una célula.
La Lógica de Washington
Desde el Departamento de Seguridad Nacional hasta la CISA (Cybersecurity and Infrastructure Security Agency), la administración estadounidense ha empezado a monitorizar la evolución de la IA como vector terrorista. No se trata de un anuncio estridente sino de una alerta silenciosa que recorre los pasillos de Washington. La lógica es clara: si un grupo como Boko Haram, que opera en el Sahel, puede integrar la IA sin apenas recursos, la amenaza se replica en cualquier rincón del planeta, incluidos los vecindarios de las ciudades europeas. El precedente histórico es el modus operandi de Al Qaeda en los 2000, cuando adoptó internet para propaganda y reclutamiento mucho antes de que los gobiernos comprendieran el fenómeno.
Para España, la lección no es menor. Los servicios de inteligencia españoles, que mantienen una estrecha colaboración con sus homólogos estadounidenses en el Sahel y en la lucha contra el yihadismo, se enfrentan al mismo vacío de coordinación. Compañías tecnológicas con fuerte presencia en Europa —como Telefónica o los proveedores de cloud que operan en suelo español— necesitarán protocolos más ágiles para detectar usos anómalos de sus sistemas. El CNI ya sigue de cerca la actividad de células durmientes, y la revelación de Cambridge añade un nuevo vector: la IA generativa puede acelerar los ciclos de planificación de atentados y dificultar el trabajo de los analistas. Mientras Bruselas discute reglamentos, Washington aprieta el paso con una arquitectura de inteligencia que, si llega a buen puerto, arrastrará a los aliados de la OTAN a una cooperación mucho más profunda.
La próxima ventana clave será la ronda de reuniones del grupo de trabajo OTAN-UE sobre amenazas emergentes, prevista para octubre de 2026, donde los informes como el de Juelich cobrarán un peso que aún no tienen en la agenda pública. Hasta entonces, la incógnita es si alguna de las grandes corporaciones de IA dará el paso de sumarse a un centro de fusión que, por definición, exigirá compartir secretos corporativos con el Pentágono. Nadie dijo que fuera fácil.

Ficha del Caso
- El caso: La Universidad de Cambridge documenta que Boko Haram ha incorporado la inteligencia artificial generativa en sus operaciones cotidianas, desde la selección de blancos hasta la evasión de filtros de seguridad.
- Datos clave: Las entrevistas se realizaron en 2025-2026; la IA se describe como un “asistente operativo” que mejora la eficiencia terrorista. Washington estudia un centro de fusión de inteligencia para aunar datos de agencias, tecnológicas e investigadores.
- Para España: Los servicios de inteligencia españoles y las empresas tecnológicas nacionales deben reforzar la detección de usos anómalos, mientras la cooperación OTAN-UE se acelera ante una amenaza que no conoce fronteras.

