El sueño se ha convertido en una de las grandes preocupaciones de nuestro tiempo, porque cada vez más personas se despiertan cansadas, duermen a trompicones o sienten que, aunque pasan horas en la cama, el descanso nunca termina de ser suficiente. En medio de ese problema cotidiano, que afecta tanto al estado de ánimo como a la energía del día siguiente, la ciencia sigue encontrando pistas en hábitos que muchas veces pasan desapercibidos, y uno de ellos es la cena.
Ahora, una investigación liderada por la Universidad de Granada vuelve a poner el foco en la relación entre alimentación y sueño. El estudio, publicado en la revista científica European Journal of Nutrition, concluye que lo que comemos antes de acostarnos puede influir directamente en la calidad del descanso, pero también que dormir mal acaba condicionando lo que el cuerpo pide al día siguiente. En otras palabras, sueño y alimentación forman un círculo mucho más conectado de lo que parece.
2Dormir mal también cambia lo que comes al día siguiente
La investigación no solo analizó cómo afecta la comida al sueño, sino también el efecto contrario. Y ahí apareció otro dato interesante, y es que descansar mal influye directamente en las decisiones alimentarias del día siguiente. Las personas con un sueño más interrumpido o de peor calidad tendían a desayunar más azúcar y menos fibra, mientras que quienes dormían más horas mostraban hábitos más equilibrados por la mañana.
Ese patrón ayuda a explicar algo que muchas personas reconocen fácilmente en su día a día. Después de una mala noche, el cuerpo suele pedir alimentos rápidos, más dulces o ultraprocesados, probablemente porque el cansancio afecta tanto a la energía como al autocontrol. El problema es que esa rueda puede terminar alimentándose sola: dormir mal favorece peores elecciones alimentarias y esas elecciones, especialmente por la noche, vuelven a perjudicar el sueño.

